Preludio andaluz

Las elecciones andaluzas del 2 de Diciembre trascienden ampliamente su dimensión territorial y adquieren, debido a las especiales circunstancias de la política española en estos momentos, una notable significación en el contexto general del país. El Gobierno se encuentra en un estado de evidente inestabilidad y todo apunta a unas elecciones generales en los primeros meses del próximo año. Los factores que determinan la fragilidad del Ejecutivo son cinco, y ninguno de ellos baladí: la imposibilidad de aprobar los presupuestos sin el concurso de los separatistas catalanes, que ya han anunciado su negativa, porque sus exigencias respecto a sus dirigentes presos y al ejercicio del derecho de autodeterminación no pueden ser satisfechas ni siquiera por un desaprensivo sin escrúpulos del calibre de Pedro Sánchez; la creciente frialdad de la relación del PSOE con Podemos originada por el solemne ridículo que ha hecho Pablo Iglesias después de la escenificación de su pacto de gobierno en La Moncloa al ver cómo este logro se derrumbaba como un castillo de naipes por la actitud nada colaboradora de los golpistas, a los que el líder morado no ha podido convencer de que cambien de posición; la severa crítica recibida por las cuentas del Estado por parte de Bruselas, que augura una negativa a darlos por válidos; el número de ministros reprobados o puestos en entredicho por razones diversas. Serie de desastres coronada recientemente por la multa de la Comisión Nacional del Mercado de Valores al ministro de Exteriores por inside trading y por haber faltado descaradamente a la verdad en sus explicaciones del desaguisado. Y, por último, el descrédito del equipo en su conjunto, que empezó como “bonito” y es percibido ya como una suma de incompetencia, improvisación, incoherencia y mera imagen sin sustancia.


















