Una contradicción insalvable

Se ha repetido hasta la saciedad que la política es el arte de lo posible y desde que Maquiavelo escribiera El Príncipe y Max WeberEl sabio y la política muchos gobernantes han actuado prescindiendo de su conciencia moral sintiéndose justificados por el hecho de que una cosa es el campo de la ética, con sus exigencias absolutas, y otra el del manejo de los asuntos públicos, donde el límite entre lo lícito y lo ilícito en ocasiones se hace borroso y el interés superior del Estado obliga a cometer determinadas atrocidades. La lista de crímenes perpetrados en nombre del interés general es interminable desde la Antigüedad hasta nuestros días. Por citar un ejemplo reciente, es posible que los que ordenaron el asesinato y posterior despiece de Jamal Khasshogi lo hicieran convencidos de que era un mal necesario para asegurar el futuro del reino saudí.
No se sabe cuáles son los fundamentos filosóficos que orientan el comportamiento de Pedro Sánchez, aunque sí empieza a existir abundante especulación sobre sus técnicas de comunicación. Alejandro Magno tuvo a Aristóteles, Margaret Thatcher a Friedrich Hayek, Tony Blair a Anthony Giddens y Zapatero a Philip Pettit. De momento a Sánchez le basta con Iván Redondo. Sin negar la relevancia de la imagen a la hora de ganar votos, ejercer la Presidencia del Gobierno exclusivamente a base de photo opportunities resulta algo endeble incluso para un plagiario que pregunta en un tuit si alguien tiene alguna idea sobre el tema que va a constituir su tesis. No parece que los inventores de Twitter lo lanzasen para reemplazar a la investigación bibliográfica.
La originalidad del joven, apolíneo y probablemente fugaz inquilino de La Moncloa radica no tanto en sus imaginativas aportaciones al protocolo de la Casa Real española y de la Comisión Europea como en una pirueta que no tiene precedente en el mundo occidental, salvo en la literatura. Se trata de gobernar una Nación en estrecha y fraternal alianza con aquellos que tienen como proyecto explícito y en plena ejecución la destrucción de la misma. Una vez consumada esta brillante maniobra con la inestimable colaboración de un predecesor que consideraba la impavidez el método óptimo de gestión de los tiempos, mientras el mundo se derrumbaba a su alrededor -actitud asimismo notable-, a Sánchez se le plantea un problema conceptual, práctico e incluso psicológico, que es vivir todos los días instalado sobre una contradicción insalvable. Los afanes cotidianos de nuestro atlético jefe del Ejecutivo son equivalentes a los de un hijo que ha aceptado como huésped en su casa a un asesino que ha anunciado que va a matar a la madre de su anfitrión. Es obvio que una de las maneras de soportar esta tensión insufrible es dejar de pensar y estar continuamente saltando de un avión a otro y sonriendo ante las cámaras. Si uno respira en incesante padecimiento la solución es transformarse en un holograma. Los hologramas no sufren. Subsiste la dificultad de que el depredador sí es real y sigue puertas adentro rondando a la autora de nuestros días con el cuchillo en la mano. Cuántas semanas o meses aguantará Pedro Sánchez este ejercicio de funambulismo suicida es un misterio inquietante.
Como dijo el célebre torero, lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. El audaz secretario general del PSOE está empeñado en demostrar que El Guerrita no tenía razón, pero ignorar la sabiduría de un tipo que enlazó diez naturales de una tacada sin alterarse es muy peligroso, y por eso la fecha de caducidad de Sánchez está próxima. Pablo Iglesias pretende destruir el sistema capitalista o, lo que es lo mismo, nuestra libertad, y Puigdemont, Junqueras y Otegi, también socios del presidente aéreo, pugnan con acabar con España como Nación, es decir, con nuestra democracia. Trabajar en semejante compañía para mejorar el bienestar de los españoles, impulsar su prosperidad y garantizar su seguridad, no es que sea una misión irrealizable, es que entra de lleno en el dominio de la demencia. Se puede tirar adelante pisoteando principios morales, pero no en contra de las reglas implacables de la lógica.
Goethe ya inmortalizó lo que le sucede al hombre que pacta con el diablo para conseguir sus fines. Está escrito en el Fausto de manera sobrecogedora: “El hombre yerra tanto como ambiciona”. Esperemos que esta ambición ciega y arrasadora dure poco antes de que sus consecuencias sean irreversibles.
Alejo Vidal-Quadras [Twitter: @VidalQuadras]
Político. Exvicepresidente del Parlamento Europeo | VozPópuli












