El gigante cobardón

Unos amigos míos tenían un Cairn terrier que respondía al nombre de Boly. Era un perro alegre, juguetón y simpático, siempre presto a demostrar su afecto a sus amos o a todo aquel que se le acercara con ánimo amistoso. No creo que llegara a los cinco kilos de peso y alzaba sobre el suelo una envergadura de unos treinta centímetros a lo sumo. Lucía un pelo duro y jaspeado de color gris oscuro y siempre estaba dispuesto a ser acariciado o a participar en juegos en los que quedaban patentes su agilidad e inteligencia. Era una delicia de animal, y contribuía con su presencia, sus ladridos -siempre breves y oportunos- y su cordial pequeñez a hacer más cálido y agradable el ambiente de un hogar ya de por sí acogedor y amable. Boly mostraba, además, un curioso rasgo de carácter que llamaba mucho la atención de los que frecuentábamos su casa y que consistía en su agresiva bravuconería con canes de tamaño y fuerza muy superiores a los suyos. Lejos de amilanarse ante la proximidad de un pastor alemán de musculosa apariencia o de un mastín de fiera mirada, Boly se plantaba frente a su congénere de gran talla y desplegaba una actitud amenazadora y agresiva pletórica de fintas de ataque, incisivos gruñidos y desafiantes provocaciones que podrían ser consideradas suicidas. Sin embargo, sorprendentemente, el enfrentado normalmente se amilanaba, retrocedía e incluso llegaba a volver grupas y poner tierra de por medio. Boly entonces se contoneaba orgulloso y todo su diminuto cuerpecillo irradiaba la seguridad en uno mismo propia de los valientes.


















