HEY!!!
De tanto ocultar la verdad con mentiras
Me engañé sin saber que era yo quien perdía
De tanto esperar, yo que nunca ofrecía
Hoy me toca llorar, yo que siempre reía
(Me Olvidé de Vivir. Canción de Julio Iglesias)
De tanto ocultar la verdad con mentiras
Me engañé sin saber que era yo quien perdía
De tanto esperar, yo que nunca ofrecía
Hoy me toca llorar, yo que siempre reía
(Me Olvidé de Vivir. Canción de Julio Iglesias)
Esta Navidad ha llegado sin demasiado tiempo para la reflexión. Cada año que pasa, cada año que cumplo, estoy un poco más ocupado que el anterior. Así están siendo las cosas estos inacabables días de 2.025: metido hasta el cuello en la gestión de problemas ajenos y en la realidad oscura de los propios. Nunca tanto, como en estos momentos de luces y guirnaldas, se viene a patentizar nuestra tremenda soledad. De una manera casi física la soledad duele: nos escuece siempre como aquella herida que se forma entre las brumas del pasado y las incertidumbres del futuro. Nunca nos escapamos en Diciembre porque, al final, ese Portal humilde hecho de serrín, cartón y harina nos devuelve tanto la imagen de lo que -un día más o menos lejano- hemos sido como de aquello -que de manera inexorable- acabaremos siendo.
Es muy desagradable tener siempre el mismo carácter de voz crítica. El rol de eterno disconforme. Es muy desagradable digo. Sin embargo, alguien tiene que hacerlo porque -al final- nadie lo asume y quedan las mismas cuestiones encima de la mesa y sin resolver. Por esta razón, vuelvo a tomar -no sin el infinito placer de decir lo que me da la gana cuando me da la gana- este papel de viejo actor encasillado. Viejo y encasillado pero -por lo visto- tediosamente necesario para dejar claro el argumento: al igual que aquellos actores secundarios de lujo de nuestras más acreditadas películas.
El abajo firmante -cómo dirían los insufribles cursis de la RTVE- va a seguir cantando el Cara al Sol. La Copla, que es como se llama en el viejo slang de la Revolución. Quiero que se enteren Angel Víctor (Víctor Angel), Yolanda Díez, Urtasun y demás. Quiero que lo sepan los representantes de esta España chusca, cutre, paniaguada y sanchista que nos gobierna. Quiero que lo sepan, en medio de tanto y tanto delito de cuello negro y de tanta y tanta hipocresía, los mismos que han hecho de la náusea un acto de gobierno. Quiero que se enteren -que lo tengan muy claro- los miembros de la indefinible cuadrilla que sostiene el armatoste del poder.
Cualquier aproximación que, realizada desde una procedencia ideológica distinta a la nuestra, se proponga exponer la no siempre fácil historia de los orígenes del nacionalsindicalismo -con cierta distancia historiográfica y, sobre todo, con deferencia y con respeto- se merece nuestro agradecimiento más cordial y afectuoso. Mucho más todavía si ese estudio es firmado por una persona al que me unen fuertes lazos de admiración y de amistad.
Ha muerto Luis López Novelle. Ha muerto una figura -esta sí- verdaderamente relevante dentro del falangismo. Porque dentro de la indigencia intelectual que caracteriza a este sector político, Luis destacaba por su rigor sin tacha y por la sólida fundamentación de sus argumentos. Podíamos estar o no de acuerdo con su visión de algunas cosas -yo no lo estaba en muchísimas de ellas- pero no podíamos negar a Luis una caballerosidad a toda prueba. En un mundo regido por iletrados robaperas y por maleducados farsantes, Luis nos ofrecía un ejemplo de caballerosidad, en el sentido más estricto y justo de esta cada vez más devaluada palabra. Exasperante a veces, siempre claro en sus explicaciones y siempre intachable en su postura, Luis nos había enseñado los instrumentos ideológicos para hacernos capaces -incluso- de rechazar sus propias conclusiones. Esa será siempre su herencia inolvidable.
Este 20 de Noviembre se volverán a repetir -en medio de una España deshecha con la que los ultras no saben ni pueden conectar- las escenas del falso falangismo. Aquel del rito hueco y del ademán mimetizado. Aquel de los gritos de la confusión pública y de la sempiterna palabrería. La vergüenza ajena del desvergonzado griterío y de los milicianos sin milicia. Y una vez más los falangistas rechazarán esta turbia impostura.