Todo lo que conocemos como sistema democrático, con sus parlamentos, sus votaciones, su economía de mercado, su libertad de conciencia, etc., es un sistema adecuado a los intereses de la clase que tradicionalmente llamamos burguesía. Todas las revoluciones democráticas desde la Revolución americana de 1776, la francesa de 1789, las europeas de 1820, 30, 48… fueron organizadas para derrocar a la improductiva clase aristocrática, cuya justificación para existir ya había caducado: la finalidad de la vida es el bienestar material y todos aquellos que no orienten sus esfuerzos para conseguirlo, aquellos que no adoran la máquina útil, la compraventa, quedan fuera del nuevo mundo.