La doctrina del sobresalto
Donald Trump es presidente de los EEUU (por segunda vez) desde el 20 de enero de este año. Y tal parece que haga años que fue elegido: cada semana nos regala noticias, titulares y motivos para decir, en perfecto inglés, What the fuck!
La última ha sido apuntarse el mérito de haber terminado una guerra a la que ya llamamos “de los 12 días”, entre Israel e Irán. No ha tenido tanta suerte con la guerra en Ucrania, a pesar de sus llamamientos (amenazas incluidas) a Rusia en llamativas publicaciones en las redes sociales.
Trump posee un histrionismo personal que, a pesar de ser algo propio de su carácter, encaja perfectamente en la tradición política estadounidense: es un populista, un patriota y un conservador, pero todo eso es algo común en varias familias ideológicas a la derecha en los EEUU, que nada o poco tienen que ver con Europa, a pesar de que aquí se intenta copiar simiescamente todo el discurso yanqui (ver Isabel Díaz Ayuso o Irene Montero).
La derecha norteamericana en general es partidaria del libre mercado, del individualismo y de los valores morales tradicionales. Más allá de eso, surgen las diferencias y una de ellas es el intervencionismo en el extranjero, para imponer por la fuerza su estándar democrático, ya que los EEUU serían una nación elegida por Dios para guiar al género humano. Otros son partidarios del aislacionismo por un motivo no menos bueno: la democracia americana tiene que aprovechar su situación geográfica y no unirse a proyectos extranjeros sin necesidad.
Trump, con su lema Make America Great Again (que puede tener el contenido que cada cual crea conveniente según sus ideas) logró vencer agrupando a unas y otras de esas familias. Una vez nombrado presidente, es el realismo político el que manda. Y lo que manda en el planeta es el surgimiento de un orden multipolar, con actores que no pueden ser controlados ni mediante la fuerza, ni mediante la cultura, ni mediante la economía: China y el sudeste asiático, junto a Irán e India, son el nuevo centro del mundo. Europa ya no es un referente ni político ni económico, ni mucho menos moral: dividida en una veintena de gobiernos, arrastrando una deuda eterna y convertida en laboratorio de experimentos sociales. Es el muro antirruso y con eso basta.
La doctrina del sobresalto es la actual ofensiva estadounidense: impone castigos y recompensas mediante los aranceles comerciales; aporta y retira apoyos militares; regula y desregula migraciones; apunta y borra de listas de organizaciones terroristas; hace amistad y se enemista con naciones; quiere salir de la OTAN y obliga a más gasto militar… Los EEUU cada tanto tiempo cambian su opinión o perspectiva (al menos superficialmente) mientras castigan o critican a cualquier otra nación que quiera hacer lo mismo.
El sobresalto para cada gobierno es tener el apoyo yanqui y al día siguiente perderlo; para cada grupo político ser unos luchadores por la libertad y terroristas al mes siguiente (y viceversa); es ser amenazado o alabado alternativamente, de tal modo que la reacción ante una manera de operar tan lunática, en apariencia, es la parálisis, el miedo, la indecisión: el sobresalto de no saber qué hacer o qué decir. O, dicho de otro modo, el control espiritual de aquella nación o grupo.
Y cuando alguien no sabe adónde va, ni qué debe hacer o cómo debe gobernarse, es el momento del Sheriff global, el cual le indicará cómo ser un good boy o, peor aún, un buen patriota. Ya nadie lee o recuerda lo que decía George Washington:
“La pasión excesiva de una nación a otra produce una variedad de males. El afecto a la nación favorita facilita la ilusión de un interés común imaginario donde verdaderamente no existe, e infunde en la una las enemistades de la otra y la hace entrar en sus guerras sin justicia ni motivo. Impele, también, a conceder a la nación favorita privilegios que se niegan a otras, lo cual es capaz de perjudicar de dos modos a la nación que hace las concesiones; a saber, desprendiéndose sin necesidad de los que debe conservar y excitando celos, mala voluntad y disposición de vengarse en aquellas a quienes rehúsa este privilegio. Da también a los ciudadanos ambiciosos, corrompidos o engañados (que se ponen a la devoción de la nación favorita), la facilidad de entregar o sacrificar los intereses de su patria sin odio y aún algunas veces con popularidad, dorando una condescendencia baja o ridícula de ambición, corrupción o infatuación con las apariencias de un sentimiento virtuoso de obligación, de un respeto recomendable a la opinión pública o un celo laudable por el bien general”.













