La muerte del Papa

Murió finalmente el Papa Francisco, un anciano ya muy enfermo, y se desencadenó la verborrea planetaria. El lunes 21 de abril tuvimos Vaticano y Santa Sede para desayunar, comer y cenar. Y seguirá hasta la proclamación del siguiente Papa, a pesar de Malaquías.

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Observando las diferentes reacciones ante un hecho tan previsible, donde, desde todo el arco político, ideológico y social cada cual ha dicho la suya, me viene a la cabeza la anécdota que escuché una vez, protagonizada por un hombre que recibió en su casa la visita de unos Testigos de Jehová (que antaño recorrían incansables todos los domicilios y ahora se contentan con estar en un rincón de la calle con su material doctrinario): Este hombre deja tranquilamente que le expliquen todo acerca de ese grupo religioso, y cuando acaban, les suelta: “Pero hombre, ¿cómo quieres que crea yo en tu religión, si ni siquiera creo en la verdadera, que es la católica?”

Es una historia divertida, pero que expresa una realidad aplastante: si se puede elegir la religión, esa religión tiene el estatus de opinión. Por supuesto, hay opiniones y opiniones, pero a día de hoy, ninguna opinión o actividad desde la Iglesia Católica, a cuya cabeza está el Papa, por supuesto, se considera vinculante: ningún rey o presidente nominalmente católico se siente obligado a cambios legislativos por su religión. De hecho, en todo el planeta sólo hay tres países oficialmente católicos: Ciudad del Vaticano, Malta y Mónaco.

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Por eso reina la frivolidad, las interpretaciones y los expertos de todo pelaje, con quinielas sobre quién será el próximo Papa: que si conservador o progresista, que si joven o viejo. Creo que pronto veremos a mucha gente considerando, con la mayor seriedad, sobre la conveniencia de elegir a un Papa transgénero. Al tiempo.

La cabeza de la Iglesia Católica tiene casi el mismo nivel de importancia que la de un club de fútbol. En los países católicos existe una gran masa de creyentes, con todas sus variantes, pero que sin organización política propia y sin objetivos sociales claros son unas meras comparsas de la destrucción de la trascendencia en Occidente. El cristianismo realmente vivido cambia de continentes y, por ello, de naturaleza. En Occidente, es un juego más de la sociedad del espectáculo.

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Entre nosotros, los europeos, triunfó hace tiempo la religión del dinero. El éxito económico no exige esperar, con incertidumbre, toda la vida para disfrutar de los frutos de un arduo trabajo. Es más: esta religión también premia el robo y la mentira, está más al alcance de los astutos que de los mansos. Y con esa astucia, hace de la Iglesia una institución de este mundo, orientada hacia el mundo y compatible con la llegada del Apocalipsis climático.

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