Más allá del primero de octubre

En el período turbulento de la vida pública española que se inició con la aprobación del Estatuto de Cataluña de 2006, ha habido no pocas voces que han señalado "la desafección" de los catalanes hacia España como la causa profunda del separatismo y han instado reiteradamente a afrontarla mediante acciones de la parte insensible que recuperen el afecto de la agraviada. La última advertencia en este sentido ha sido la del todavía presidente de la CEOE, Juan Rosell, catalán que a tenor de sus últimas declaraciones es uno de los "desafectos". La tesis de estos componedores ayunos de imparcialidad, que bebe claramente de fuentes maragallianas, es que Cataluña no ha recibido del resto de España el trato que su excelsa singularidad merece y que esta ofensa, prolongada a lo largo de cuatro siglos, desde Olivares hasta el régimen de 1978, con momentos álgidos como la Nueve Planta, el Memorial de Greuges, el fracaso de la Solidaritat, el fiasco del 6 de Octubre de 1934, la dictadura franquista y la sentencia del Tribunal Constitucional que limó las aristas del Estatuto actualmente vigente, ha de ser reparada de una vez por todas con suficientes concesiones que apaguen para siempre el fuego secesionista.


















