Por suerte para la estabilidad social y política de España, Felipe VI está demostrando unas excelentes dotes para administrar un patrimonio intangible acumulado por los siglos que ya no procede de la gracia del Altísimo, sino que se sustenta en que decenas de millones de hombres y mujeres que le consideran un ser puramente humano.
Mariano Rajoy ha firmado la víspera del Congreso Nacional del PP un largo artículo en un diario de gran circulación en el que afirma que los principios y valores del Partido Popular no han cambiado y no le falta razón porque para que algo cambie primero ha de existir. Ese texto destinado se supone a realzar el papel que su formación ha jugado en nuestro sistema político y sus contribuciones al buen funcionamiento del mismo, encadena una serie de sosos lugares comunes sin que aparezca en ningún párrafo un mínimo destello de pasión, sinceridad, profundidad de visión o coraje. Aunque contiene aseveraciones que provocan rubor, tales como que el inminente Congreso es fruto de un largo proceso de democracia interna, que nuestro país está unido y es una tierra de oportunidades para nuestros jóvenes, que la Constitución de 1978 refleja su idea de España de manera "inmejorable" o que se propone situar a la educación en el centro de sus preocupaciones, ni siquiera deja lugar a la indignación del lector dado que el denso tedio que produce la amortigua por completo.
En su clarificadora descripción de la sociedad abierta, Víctor Pérez Díaz señaló la existencia de un espacio abierto de conversación pública como uno de sus elementos definitorios. En efecto, si existe un ámbito no sujeto al control del poder político en el que los ciudadanos pueden intercambiar libremente información, opinar, discutir, contrastar ideas, compartir experiencias, criticar a los gobernantes y hacer propuestas, no cabe duda que las probabilidades de progreso y prosperidad generales se incrementarán frente a otro tipo de organización de la vida colectiva en el que esa espontánea corriente de opiniones, conocimientos y datos quede bloqueada por un centro dedicado a controlar las mentes de sus administrados.
Hay noticias que, agotada nuestra capacidad de indignación, despiertan sobre todo incredulidad. ¿En qué cabeza cabe que con una deuda acumulada del 25% del PIB y tras el incumplimiento reiterado de los objetivos de déficit derivados de nuestras obligaciones europeas, las Comunidades Autónomas se planten ante el Gobierno central y exijan la vuelta a la jornada de 35 horas para sus empleados y la eliminación de la tasa de reposición para cubrir vacantes que impide desde 2011 aumentar las plantillas de funcionarios más allá de las producidas por jubilación?
De la misma forma que nuestros actores y actrices, esos que se reúnen en la ceremonia de los Goya para aplaudir embelesados a premiados que reniegan de la patria que les subvenciona y galardona, parecen aficionados de barrio al lado del secundario más humilde de Hollywood, los speechwriters de los Presidentesnorteamericanos hacen que sus homólogos de estos lares no pasen de plumillas de provincia. El discurso inaugural de Trump ha tenido contenido, tensión, intención y ambición, además de estar jalonado de párrafos de indudable calidad literaria. Si lo comparamos con los ladrillos tediosos con que nos castigan los candidatos a la Moncloa en la sesión de investidura, escritos por burócratas carentes de imaginación y de vocabulario, no cabe duda que nos encontramos en dos niveles conceptuales, culturales y políticos distintos.
La abundante producción de la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales en sus tres décadas de existencia desde que José María Aznar la fundara en Valladolid cuando era Presidente de Castilla y León ha aportado un bagaje conceptual de indudable calidad al centro-derecha español de finales del siglo XX y arranque del XXI. Sus numerosas publicaciones, conferencias, seminarios y diagnósticos han tratado todo el abanico de problemas asociados a la organización de la vida pública de nuestro país con profundidad, rigor y coraje intelectual, siempre en defensa de los valores de la sociedad abierta, entre los que figura como pilar central la libertad. Si hay un legado del que Aznar puede sentirse orgulloso es la densa, constante y meritoria labor desarrollada por FAES.
La política en sociedades democráticas, se ha repetido hasta la saciedad, es en buena parte comunicación. La razón es simple y también es de sobras conocida: cuando los gobiernos dependen de la opinión, hay que conseguir que ésta se encuentre a favor del gobierno o de lo contrario las elecciones se pierden y el poder cambia de manos. Por consiguiente, la capacidad de comunicar eficazmente es una cualidad altamente apreciada en los candidatos a puestos de responsabilidad pública que han de pasar la prueba de las urnas. Se ha visto incluso como gobernantes dotados del suficiente carisma y dotes para la seducción de las audiencias compensan con estas virtudes una gestión deficiente y el Presidente Obama ha sido un arquetipo de este fenómeno. Un desconocido senador de Illinois, sin apenas experiencia en puestos relevantes y ajeno al establishment de Washington, consigue con su encanto personal y sus dotes oratorias convertirse en el hombre más poderoso de la tierra durante dos mandatos consecutivos contra todo pronóstico inicial. Después, las grandes expectativas levantadas por semejante derroche de magnetismo y de discurso inspirado han quedado en muy poco, pero se ha demostrado una vez más que el arte escénico puede compensar la ineficacia o la carencia de proyecto a la hora de alcanzar la cúspide de la pirámide institucional.