El pasado jueves asistí a la presentación del libro "Yo no me callo" de Esperanza Aguirre organizado por el Foro Generación del 78, una asociación de jóvenes profesionales, funcionarios y empresarios, unidos por la marca de la excelente preparación, el multilingüismo, la brillantez, la defensa de un modelo social basado en la libertad, el trabajo, el esfuerzo, la búsqueda de la excelencia y el reconocimiento del mérito, y el no haber votado la vigente Constitución por no haber alcanzado cuando se sometió a referendo la edad requerida. Como es fácil adivinar, ante un público de estas características la ex-Presidenta de la Comunidad de Madrid se encontró en un ambiente muy favorable a sus reiteradamente proclamadas tesis liberales y sus opiniones fueron recibidas con evidente agrado.
A veces, cuando se trata de describir la existencia de dos corrientes de pensamiento en el seno de una misma fuerza política se habla de que un determinado partido tiene "dos almas".
En la vida todos tenemos una visión de lo que está bien y de lo que está mal, de lo que es relevante y de lo que es accesorio, de lo que nos conviene y de lo que no nos conviene, de lo que debemos hacer y de lo que nos gusta hacer. Hay una palabra alemana muy sonora, Weltanschauung, que significa eso, la forma en la que vemos la realidad del mundo, el conjunto consolidado de conocimientos, creencias, convicciones e intuiciones que determina nuestras decisiones y nuestra jerarquía de valores y prioridades.
El título de esta columna no emplea la palabra "erupción" en el sentido volcánico, sino en el dermatológico. En efecto, Donald Trump, Marine Le Pen o Pablo Iglesias, al igual que otros muchos extremistas de izquierda o de derecha, tan distintos en sus planteamientos ideológicos y en sus propuestas programáticas, son sin excepción pústulas en la piel de las sociedades occidentales en las que han surgido y en las que han escalado rápidamente altos niveles de apoyo electoral. Su discurso está plagado de hipérboles forzadas, de simplificaciones reduccionistas y de recetas económicas o sociales absurdas, pero se basa en hechos incontestables y en críticas con frecuencia justificadas al señalar defectos de sus respectivos sistemas políticos, aunque las soluciones que propugnan sean aberrantes. Por tanto, no basta con descalificarlos mediante artillería de sal gruesa o ridiculizarlos de manera automática, hay que analizar las razones de su éxito y realizar un examen de conciencia profundo en relación al malestar de amplias capas de ciudadanos a ambos lados del Atlántico, que se traduce en votos para estos demagogos tan peligrosos para las libertades y la prosperidad de sus países como eficaces en sus estrategias de comunicación. La toma del poder por un monstruo psicopático en la Alemania de los años treinta del siglo pasado aupado por las urnas obedeció, entre otros motivos, a la falta de una correcta interpretación de los sentimientos, las aspiraciones y los agravios de la población de la gran nación derrotada en la Gran Guerra de 1914-1918 por parte de los propios demócratas alemanes y de los Gobiernos de las potencias victoriosas.
Max Weber distinguió entre la ética de los principios y la ética de la responsabilidad y Nicolás Maquiavelo separó el ámbito de la moral privada del de la moral del gobernante. De acuerdo con el gran sociólogo alemán, los que ejercen la actividad política ven limitada su adhesión a los valores en los que creen por la realidad de sus obligaciones públicas, que en ocasiones les conduce a modular o incluso a contradecir en sus decisiones las reglas éticas que rigen su conciencia o las bases ideológicas de su concepción de la vida colectiva. La célebre frase de José Luis Rodríguez Zapatero "bajar impuestos es de izquierdas", pronunciada en épocas de falsa prosperidad debida a las burbujas financiera e inmobiliaria y corregida brutalmente bajo la fusta de Bruselas cuando llegó la recesión, denota este tipo de separación entre las convicciones y las necesidades del momento, aunque el ex-Presidente no lo sabía porque él pertenece más al mundo de la fantasía que al del duro acontecer cotidiano.
Dejando aparte los motivos actuales aducidos por Albert Rivera y Pedro Sánchez para negarse a permitir con su voto favorable o con su abstención la investidura de Mariano Rajoy como Presidente de Gobierno, existen sólidas razones que en muchos países europeos de asentada cultura democrática hubieran determinado desde hace bastante tiempo la dimisión del líder del PP como máximo responsable de dicha formación. Está en primer lugar su evidente incapacidad como gobernante. A finales de 2011, tras la desastrosa etapa Zapatero, España se encontraba inmersa en una crisis galopante que afectaba a los ámbitos económico, institucional, moral y de unidad nacional. Los votantes, conscientes de la gravedad de la situación y profundamente decepcionados por el sectarismo y la frivolidad del entonces Secretario General del PSOE, se arrojaron en brazos del Partido Popular otorgándole la mayoría absoluta más amplia de su historia. A esta circunstancia se añadía la desmoralización completa de un Partido Socialista descabezado y derrotado, lo que ofrecía a Rajoy en aquel momento la posibilidad real de acometer las reformas estructurales que España necesitaba sin tener que vencer apenas resistencia. Si en el primer semestre de 2012 hubiese puesto en marcha, tal como le reclamaron no pocas voces serias de su espacio ideológico, una ambiciosa agenda política abarcando la estructura territorial del Estado, la independencia de la justicia y de los órganos reguladores, la calidad de la educación, la flexibilidad del mercado laboral, la fiscalidad, la eficiencia de la Administración, la reducción del gasto público consuntivo, la democratización interna de los partidos, la erradicación de la corrupción y la mejora del sistema electoral, hoy nuestro país estaría en condiciones de aprovechar al máximo la recuperación. Si con la clase política más incompetente y venal de Europa y un Estado que drena recursos a un ritmo insostenible, estamos creciendo al 3%, no cuesta imaginar como estaríamos si Rajoy hubiese aprovechado la coyuntura extremadamente favorable que se le brindó hace cinco años.
Se supone que los políticos tienen en la cabeza un determinado modelo de sociedad elaborado a partir de la experiencia histórica vivida o estudiada en los libros, de un conocimiento riguroso de los mecanismos de funcionamiento de la economía, es decir, del entorno normativo, fiscal y laboral óptimo para crear valor añadido y empleo, y de unas convicciones morales sustentadas en un sistema de valores derivado de una concreta visión antropológica. A partir de aquí se espera de ellos que lo expongan de forma sistematizada y clara y que demuestren capacidad de convicción con el fin de conseguir el apoyo de sus conciudadanos en las urnas. Su objetivo debería ser la consecución del poder para plasmar en leyes y medidas de gobierno, su idea de la buena sociedad, proporcionando así a sus administrados bienestar, progreso, seguridad, justicia y prosperidad. Por supuesto, el poder no sería visto por semejante tipo de político como un fin en sí mismo, sino como un medio para llevar a la práctica lo que consideran mejor para su país. Ni que decir tiene que la honradez más acrisolada sería su divisa y la preservación del interés general su regla de conducta habitual. Su interacción con los votantes sería permanente y se esforzaría sin descanso en explicar los motivos de sus decisiones de manera transparente ganándose así la confianza de los electores, que le profesarían respeto y afecto. Las técnicas de comunicación en ningún caso se utilizarían para manipular datos, excitar bajas pasiones, despertar odio o división o conseguir adhesiones emocionales acríticas. Por el contrario, su propósito se centraría en hacer entender el funcionamiento de las instituciones, el verdadero origen de los problemas y la bondad de las soluciones requeridas. El discurso de este hipotético político ideal iría dirigido a estimular lo más alto y noble de la naturaleza humana y a amortiguar o neutralizar los instintos destructores que todo hombre alberga en su interior.