Support Scarlett

Lo último de la irracional israelofobia que sacude las entrañas del discurso propalestino lo está pagando en sus carnes la actriz Scarlett Johansson. A pesar de ser una mujer comprometida, miembro de Oxfam desde hace años y defensora del diálogo entre judíos y árabes, ha cometido un grave error: creer que podía hacer lo que consideraba oportuno. Aceptó ser la cara de un spot para la Super Bowl de la empresa israelí Sodastream, que ofrece un aparato para fabricar refresco gaseoso, gracias a unas cápsulas del estilo de las que han hecho furor con el café. Y se desató la ira. Pasó de ser una actriz bella a ser la cara amable de la maldad eterna, que para los habituales siempre fue la maldad judía. Y, por supuesto, los que piden el boicot a los productos israelíes -incluso a las universidades- la pusieron en la diana de sus ataques, exigieron que se retirara y repitieron la retórica demagógica al uso. Scarlett pasó de ser de los buenos, a ser de los malos, verbigracia de no aceptar el boicot a Israel. Cabe decir que la actriz ha aguantado las invectivas y el anuncio se ha emitido. Pero la semilla de una presión a las personas famosas, convertido automáticamente en un chantaje público, está sembrada. Y todo ello con la excusa de un mensaje solidario que ni es solidario, ni es pacífico, ni ayuda a resolver el conflicto.


















