El paseíllo

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En general, aquello que desea el estómago no es lo que debería desear la razón. A pesar de que la reacción natural es la visceral, cuando algo nos indigna profundamente es obligado recordar que la civilización se basa en dejar las vísceras a un lado. Sobre todo si hay que juzgar actuaciones delictivas. Es por ello que nunca la víctima debe ser la que imparta justicia, porque la justicia no es el resultado de la ira, sino el equilibrio acordado entre la culpa y el castigo.

Aquello del "ojo por ojo y diente por diente", es decir, la proporcionalidad justa, y nunca la furia descontrolada. Por supuesto, cualquiera de nosotros, por mucho que estemos a favor de una justicia serena y en contra de medidas brutales como la pena de muerte, podríamos convertirnos en el peor de los justicieros si nos tocara de cerca el delito. Personalmente me veo incapaz de saber cómo reaccionaría si asesinaran a un familiar mío, y si hablamos de hijos, cualquier reacción es presumible. Y es por ello que deben ser los marcos legales establecidos, y no las pasiones desatadas, los que juzguen las actuaciones delictivas.

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Todo ello viene a cuento de los últimos escándalos de corrupción político-financieros y la reacción popular que han generado. Por supuesto, creo que algunos escándalos son gravísimos y entiendo la rabia de los ciudadanos. Pero no estoy de acuerdo con el espectáculo de gentes insultando en la calle al imputado de turno, o incluso zarandeándole y dándole golpes, como pasó con el caso extremo de la Pantoja. En este país que ha acelerado los tiempos y las rabias se ha puesto de moda el insulto del paseíllo tanto como la pena del telediario, y en este proceso de linchamiento público ha desaparecido la presunción de inocencia. Por ejemplo, me parece necesaria la imputación de la infanta Cristina, a tenor de las informaciones que hemos ido conociendo, y desde luego era injustificable la imputación de la mujer de Torres y no la suya. Pero ¿qué aportará el paseíllo hasta el juzgado, más allá de satisfacer los bajos instintos populares? Lo mismo que aportó el de Torres o el del propio duque de Palma: nada. Nada a excepción de sacar a pasear las vísceras de los ciudadanos cuando pierden su condición individual y se convierten en masa. Es cierto que poder insultar a los poderosos, sean infantas, consortes, banqueros, políticos en caída libre o etcétera, es una especie de hito ciudadano, pero se basa en el instinto de venganza y no en el de justicia. Por supuesto, entiendo la indignación ciudadana cuando hablamos de preferentes, o de Palaus de la Música o de fiscales torpedeando la imputación de un miembro real. Pero entender la indignación no es aplaudir el linchamiento, porque un país serio es aquel que tiene jueces independientes y no necesita paseíllos. Al fin y al cabo, cuando la calle es la justicia, la civilización muere.

Pilar Rahola - www.PilarRahola.com

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