No quiero irme a disfrutar de mis privilegiadas vacaciones sin recordar a unos compañeros a los que debemos lealtad y que, en su mayoría, no pueden complacerse de ellas con sus propias familias; los hogares constituidos por ellos si económicamente han podido formarlos, como se merecen en justicia, por las labores que desempeñan.
Un amigo empresario sostiene la tesis de que la distancia entre un policía y un delincuente es mínima. Yo le llevo la contraria, pues creo es absurdo lo que dice. Su tesis es que la relación continua entre los policías y los delincuentes, y a la inversa, acaba generando ciertas similitudes en la forma de actuar, la búsqueda de los fines, por encima de los medios, etc.
La sociedad que vivimos con tanto desvarío e imposición de ideas y destrucción de las propias tiene su fiel reflejo en Facebook. He recibido insultos continuos y públicos de un trabajador de Canal Sur que en apariencia ataca la violencia de género, pero esta persona me ha insultado como mujer y como profesional, pero sigue ahí, no pasa nada.
El venerable presidente Tarradellas, al que una guerra civil, una larga dictadura y un interminable exilio transformaron de joven revolucionario en un sabio anciano, solía decir que en política se puede hacer todo salvo el ridículo. Tenía razón, pero olvidaba que hay otro límite igualmente infranqueable para el gobierno de la res pública, y no es ni la moral ni el sentido común ni la realidad económica ni siquiera la naturaleza humana, porque la URSS, sin ir más lejos, duró siete décadas. En efecto, se puede ejercer el poder de forma corrupta, insensata, ruinosa y aberrante y los que lo sufren aguantarlo durante muchos años por temor, cobardía, indolencia u obnubilación, pero lo que es imposible no sólo en política, sino en la vida en general, es actuar contra la lógica. La desnuda y aséptica inevitabilidad de sus reglas no admite escapatoria. Esa es la razón por la que Pedro Sánchez ha fracasado en su investidura.
A la memoria de don José Bermejo Vera, profesor, compañero, amigo, Maestro.
La ola de corrupción que nos inunda –más bien un peligroso tsunami-, amenaza acabar con nuestro sistema político, y no digo democracia, pues no me gusta engañar a nadie…
Esta historia que hoy os cuento se basa en la metáfora de la rana hervida del suizo Olivier Clerc. Aunque científicamente no es del todo correcta, creo que explica muy bien las reacciones humanas y cómo es posible que toda una sociedad no reaccione ante hechos alarmantes como la esclavitud social, política y tecnológica que estamos sufriendo. Bienvenidos al rincón de pensar.