La gallina

El presidente Puigdemont es la víctima propiciatoria de un proceso que está muerto pero que sigue corriendo como las gallinas a las que les han cortado el cuello y todavía no lo saben.

El presidente Puigdemont es la víctima propiciatoria de un proceso que está muerto pero que sigue corriendo como las gallinas a las que les han cortado el cuello y todavía no lo saben.

No sé si Pedro Sánchez está familiarizado con la obra de Platón con la misma profundidad que Pablo Iglesias lo está con la de Kant, pero dado que en estos días se encuentra sometido a la angustia que siempre comporta tomar decisiones trascendentales de las que dependen no ya su suerte personal, sino también la de millones de otras personas, votantes suyos o españoles en general, una visita a los pensadores clásicos, y entre los clásicos a los que lo son por antonomasia, es decir, los griegos, puede ayudarle a orientar su pensamiento, algo confuso por lo que se está viendo. Esta aproximación a su problema nos lleva indefectiblemente al gran discípulo de Sócrates.

Dicen los que han hecho un curso de cupismo que el empate acerca la investidura, porque los que habían salido a la cacería de Mas utilizaron todos los cartuchos. O casi. Pero como la CUP ha demostrado una capacidad inimaginable de perpetrar el ridículo, no es una afirmación muy segura. De momento lo que sí está claro es que los cuperos avanzaron un día los Santos Inocentes y se rieron de nosotros. Y fue así como la historia de Catalunya añadió un nuevo esperpento a un proceso que empezó anhelando la gloria. Como dije hace tiempo, entre la gloria y el ridículo hay una línea muy estrecha, y gracias a la CUP la hemos pisado con fruición.

El populismo izquierdista de ir a comer con los pobres constituye en primer lugar una clamorosa apropiación de su comida, y sobre todo un acto de cinismo, porque son precisamente las ideas que la señora Carmena encarna y representa las que históricamente han causado las mayores hambrunas y las miserias más desoladoras.

Tan-tan-taaaan, tan-tan-taaaan, tan-tan-tan-tatáááááán... llegan las Navidades, llega la ilusión, llegan las reuniones familiares, llega el calor humano y la –aparente- concienciación de que nos estamos cargando el mundo, de que los más necesitados están a la vuelta de la esquina –cuidado si ayudas con preferencia a los españoles, y no a los extranjeros, refugiados o adoptados que no adaptados, no vaya a ser que te llamen racista. Llegan las fechas en las que todas estas cosas positivas se mezclan con las negativas: consumismo, estrés, nuevos propósitos obligados a jurar para olvidar en dos semanas, el dolor de tantos... y este año, elecciones generales. Como si no tuviéramos suficiente colesterol de falsedad por parte de algunos, empañarán nuestras fechas la hipocresía, las promesas imposibles y las caras sonrientes con puñales escondidos.

Este 9 de Diciembre, Josep Cuní coordinó el debate de los candidatos catalanes en 8tv. Es decir, Catalunya volvió a ser el centro del debate político, como también lo fue el lunes en Atresmedia, pero con una gran diferencia: esta vez los catalanes estaremos. Y antes de que la tropa tuitera de Ciutadans ponga el grito en el cielo –tienen poco trabajo, porque se pasan el día mirando las musarañas–, es evidente lo evidente: en el otro debate había un catalán, como se dedicó a recordar el propio Rivera cada vez que decía "Viva España".

Mi experiencia con las encuestas electorales me ha conducido a un matizado escepticismo sobre sus predicciones. He visto notables aciertos y fallos garrafales, ocasiones en que han clavado los resultados y días de consternación en los que no han dado ni una. Además, la sospecha de que la empresa encargada del sondeo y de su interpretación es sensible a los intereses del partido o del gobierno que la paga no parece aventurada en un gran número de citas con las urnas. Mi conclusión después de un cuarto de siglo de actividad política es que lo único que revelan las encuestas de manera fiable son tendencias, es decir, por mucho que se manipulen o que sus confeccionadores sean profesionalmente incompetentes, hay algo que no pueden alterar, la evolución cualitativa de la opinión más allá de los errores en el plano cuantitativo.