Hay una arrogancia en los hijos que consiste en querer enmendar a los padres. ¿Es sólo arrogancia? No. Es arrogancia y algo más. Normalmente es arrogancia y no saber qué hacer de sus vidas que no sea quejarse. Quejarse por quejarse. Enmendar sin plantear una solución.
Es sabido que desde que inicié mi actividad política en primera línea en 1988 al aceptar el número dos de la lista del PP, entonces todavía AP, en las elecciones catalanas de aquel año, he dedicado considerables esfuerzos a combatir el nacionalismo de raíz identitaria en sus diversos aspectos y variantes. He publicado media docena de libros y centenares de artículos en los medios, he impartido docenas de conferencias, he participado en innumerables programas de radio y televisión y he pronunciado una larga lista de intervenciones parlamentarias sobre la cuestión para poner en evidencia los elementos perversos de esta doctrina letal, origen y causa de todo tipo de guerras, genocidios, vulneraciones de derechos humanos y catástrofes económicas. Basta examinar en España la situación en que se encuentra hoy Cataluña en sus finanzas públicas y en su cohesión social o hacer un repaso de los crímenes de ETA para advertir que del sentimiento tribal y de la introversión excluyente de los que beben todos los particularismos étnico-lingüísticos, sólo pueden salir pobreza, conflictos, muerte, atrocidades, angustia y dolor. Si hay una ideología letal en el mundo es el nacionalismo basado en elementos como la raza, la lengua, la religión, la historia o la cultura con el fin de separar a las gentes y de enfrentarlas entre sí. Hay que coincidir sin duda con Karl Popper cuando señala en La Sociedad Abierta y sus Enemigos al nacionalismo construido sobre bajas pasiones narcisistas como uno de los mayores peligros para la convivencia pacífica en colectividades humanas plurales. En el desarrollo de las ideas políticas, el nacionalismo, que es un fenómeno moderno que nace a caballo de la Revolución Francesa y del Romanticismoalemán, representa una terrible regresión intelectual y moral que se ha cobrado millones de víctimas. No puedo concebir un horror más execrable.
No hay nada más habitual –y más perverso– en política que la transfiguración del lenguaje. Aunque, teóricamente, la política es un ejercicio de servicio público y, por ello mismo, está sometido a dos conceptos simbióticos, la transparencia y la confianza, lo cierto es que tiende al transformismo con pasión de drag queen. Y no hay nada más eficaz para maquillar las falsas promesas, las intenciones ocultas, la propaganda vacua y la demagogia que reinventar el lenguaje. Es así como nacen los eufemismos y, por ejemplo, ante la plaga de "imputados" aparecen los "investigados" y donde hubo sapos indigeribles, llegan las palabras con bótox, no fuera caso que pareciera que hacen lo que parece que hacen. El dominio del lenguaje es fundamental para el dominio del poder, y por ello, cuantas más trampas políticas, más malabarismos gramaticales. Todo político serpenteante necesita ser un gran prestidigitador del idioma.
Cuando la obsesión por obtener la igualdad de género se acaba convirtiendo en fobia al sexo masculino, el loable objetivo de quienes persiguen acabar con la discriminación se acaba transformando en odio y desigualdad, a secas.
Los españoles sufrimos la mayor tasa de impuestos de toda Europa. Un 70% de nuestros ingresos revierten directa o indirectamente al Estado. Según las los economistas, todo lo que supere el 50% de impuestos es un atraco a mano armada o a golpe de mazo de ley. Por tanto en España estamos siendo atracados sistemáticamente por todos los políticos sean del color que sean. Y es que ningún político está dispuesto a reducir sus cortijos y a dejar en el paro a sus fieles capataces.
Junto con los columnistas de la derechita cool están los columnistas Puerto Hurraco, escépticos, agoreros y que creen que el mérito de su inteligencia es que acabemos todos tan tristes como ellos.
Patrick Bateman, el asesino en serie de la novelaAmerican Psycho, tiene entre sus indiscutibles mitos aDonald Trump. Teniendo en cuenta este dato literario no me resulta extraño que, con el mismo entusiasmo frenético que despliega Bateman en la novela, muchos personajes del entorno político extremoderechista hayan manifestado su radical admiración porDonald Trump. El fachimbo -singular tropilla que siempre sabe arrancarnos la sonrisa- y su inesperada afición a celebrar los resultados de unas elecciones democráticas.