Lo más grave de sentar en el banquillo a la presidenta del Parlament, es decir, a la más alta representante del pueblo catalán, y hacerlo, no porque haya cometido un delito, sino como burda forma de represión política, lo más grave, decía, es el silencio de los buenos. La democracia española se hunde en su propio charco, y no se avistan vigías en las torres de la política, de la inteligencia, de la sociedad, que avisen del hundimiento. El Estado español usa sus mecanismos para destruir judicialmente a los líderes catalanes, pero lo que está haciendo es destruir la democracia.
Un juez del Tribunal Supremo ha dicho que la violencia de género depende de la maldad intrínseca de las personas y que si las mujeres fueran las fuertes, este tipo de violencia se ejercería al revés.
El futuro es por definición desconocido, pero hay períodos históricos en que la incertidumbre se acentúa. Ha habido épocas en las que los seres humanos no preveían grandes sorpresas para los años que tenían ante sí, sus instituciones lucían sólidas, sus creencias firmes, su interpretación de la realidad fiable y les era posible hacer planes con la certeza de que el entorno político, tecnológico, moral y económico en el que se movían iba a mantenerse razonablemente estable durante décadas. Así debía sentirse un egipcio durante el reinado de Ramsés II, un romano bajo el mandato de Tiberio, un francés en la etapa de madurez de Luis XIV o un británico en el apogeo victoriano. Para desgracia de los habitantes del planeta recalentado que se dispone a dejar atrás un turbulento 2016, los próximos trescientos sesenta y cinco días se prefiguran como igualmente imprevisibles. Ian Bremmer acuñó hace seis años un término felizmente descriptivo de un orden global caracterizado por la confusión: el G-cero, es decir, un mundo carente de estructuras supranacionales que proporcionen seguridad jurídica, política y financiera a nivel general y que eviten el caos, los conflictos incontrolados, los desastres ecológicos y que nos pongan a salvo del pánico.
Corría el día 2 de enero de 1492 cuando Isabel Ide Castilla, con el apoyo de las tropas aragonesas de Fernando II, consigue poner fin al poder islámico en la Península Ibérica tras una cruenta guerra que se alargó durante más de diez años.
Sabemos que el valor no es aquella concatenación de gestos ampulosos y de palabras vanas a la que nos han acostumbrado nuestros sinvergüenzas más impúdicos. La valentía no consiste en el gesto hosco de la amenaza hueca ni en la histriónica actitud de un matachín. El valor no es otra cosa que enfrentarse a la vida sin perder la esperanza: luchar nuestras batallas cotidianas no sólo sin rendirnos –sin arriar nunca nuestra bandera hecha jirones- sino también intentando encontrar un sentido a toda esta locura. La valentía de lo cotidiano frente al pomposo y falso valor de los cobardes.
Llegamos a la Navidad después de un año marcado por grandes contrastes. Por un lado los ciudadanos hemos tenido que trabajar más para vivir peor y, por otro, los políticos han tenido que trabajar menos para vivir cada día mejor.
Hay determinadas fiestas de origen inequívocamente religioso que se han transformado en una ruidosa celebración hecha de excesos gastronómicos, frenesí comercial, luces urbanas y cabalgatas multiétnicas. La Navidad es un ejemplo paradigmático de esta banalización de un acontecimiento decisivo en la Historia de la Humanidad, que cambió el paisaje moral y filosófico del mundo y que hoy ha perdido todo rastro de su sentido profundo para desplegarse en forma de belenes, villancicos, compras apresuradas y jolgorios alcohólicos. Incluso la evocación del decisivo suceso que se conmemora en el entorno del solsticio de invierno realizada desde los púlpitos por los guardianes oficiales de su legado está teñida de reflexiones banales y el relato de un hito portentoso se rebaja a cuento infantil de una decepcionante trivialidad.