Felipe VI no irá al Tibet, ni a sitios para él conflictivos. Su razón es la del Estado. Su padre visitaba satrapías y cobraba dietas y comisiones. Y el hijo a cuenta de contratos de astilleros y AVE, no le importa ir a un país donde no existen los derechos de la mujer, persiguen con la pena de muerte al disidente y financian el terrorismo. El fin, pues, justifica los medios.
Mi querida derechita cool, mis queridos progresistas nacionales, hace tiempo que quiero deciros algo: ¡qué burros sois, por el amor de Dios, pero qué burros! ¡Sois una ostentosa mezcla de arrrogancia e idiotez jamás vista antes, y que no creo que, tan aparatosa, la volvamos a ver!
Sigo creyendo, después de tantos años, que el falangismo bien pudiera ser un largo vuelo sobre espacios abiertos y amplios: un luminoso y extenso horizonte que, al abrir el balcón de España a la luz transparente de la mañana, pueda contemplarse con la conciencia limpia y el ánimo tranquilo. Sigo creyendo, después de tantos años, que nosotros venimos a terminar con siglos de pobreza y de cochambre y de polvo sobre España, y a traer la esperanza a los que la perdieron y a construir una Patria de todos y para todos. Por desgracia, ello no deja de ser un mito porque nunca, a lo largo de nuestra triste historia, hemos estado tan lejos de cualquier expectativa de triunfo. El falangismo no está luchando en 2.016, como sería lo deseable, por hacerse con un espacio más o menos amplio dentro del espectro político español. El falangismo está luchando por su propia supervivencia: por no quedar definitivamente extinguido a muy corto plazo.
Seguro que les suena la cara de un agresivo intruso que utilizó la sesión de investidura de Rajoy en el Congreso de los Diputados para amenazar al "ciudadano" Villegas con el parlamentario y democrático grito de ¡Eres un sinvergüenza!.
Rajoy salió ganador ante un hemiciclo derrotado de entrada. Fiel a su estilo, no quiso hacer ni más ni menos de lo imprescindible, y pronunció un discurso breve, previsible y razonable. Los que tanta pirotecnia le reclamaban, acudieron cautivos y desarmados, y con la pólvora mojada. Han sido muchas las lecciones las que todo este tiempo han querido darle. Ayer lo volvieron a intentar, pero ya menos, al notar cómo la realidad empezaba a aplastarles.
And the winner is ...", y aparece Rajoy. ¿Es un chiste, un avión, Superman? Ciertamente, algo de Superman debe tener un político sin carisma ni exceso de cultura y menos de ingenio que consigue retornar a la Moncloa, cual culo di ferro de la política española. Nadie pareció más ineficaz en el ejercicio del poder y, al tiempo, nadie es más eficaz en el arte de mantenerlo. Es cierto que el mérito de uno es el demérito de otros, atrapados los opositores en el bucle de sus miserias, pero hay que reconocer que lo de Rajoy es un milagro bíblico. O un castigo ídem.
El debate de investidura no ha ofrecido demasiadas sorpresas porque estamos ya habituados al alto nivel sintáctico y dialéctico de nuestros parlamentarios. Ha quedado claro que Rajoy va a ser Presidente del Gobierno, pero con una incógnita aleteando sobre el hemiciclo: una vez jurado su cargo y nombrados sus ministros, ¿podrá gobernar? Este es un tema crucial porque de nada habrán servido los diez meses de parálisis absurda ni el aquelarre interno del Partido Socialista ni la agilidad de cintura de Ciudadanos si al final no se aprueban los presupuestos en tiempo y forma y la máquina de tomar decisiones y aplicar medidas se encalla todas las semanas en la Carrera de San Jerónimo.