Diálogo

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No hay nada más habitual –y más perverso– en política que la transfiguración del lenguaje. Aunque, teóricamente, la política es un ejercicio de servicio público y, por ello mismo, está sometido a dos conceptos simbióticos, la transparencia y la confianza, lo cierto es que tiende al transformismo con pasión de drag queen. Y no hay nada más eficaz para maquillar las falsas promesas, las intenciones ocultas, la propaganda vacua y la demagogia que reinventar el lenguaje. Es así como nacen los eufemismos y, por ejemplo, ante la plaga de "imputados" aparecen los "investigados" y donde hubo sapos indigeribles, llegan las palabras con bótox, no fuera caso que pareciera que hacen lo que parece que hacen. El dominio del lenguaje es fundamental para el dominio del poder, y por ello, cuantas más trampas políticas, más malabarismos gramaticales. Todo político serpenteante necesita ser un gran prestidigitador del idioma.

En estas estamos cuando aparece en nuestro arduo panorama una de esas palabras talismán que abren las puertas del cielo con tal celeridad que no hay tiempo de saber si vienen preñadas de intenciones o vacías de contenido. Pero ante tanto hambre, cualquier bocado es una delicia. Y plas, llega el "diálogo" e, ipso facto, queda inaugurado el pantano. Por supuesto (y es una declaración de principios), no sólo estoy a favor del diálogo, sino que estoy a favor de agotar el diccionario entero porque sea para negociar, para irse, para quedarse o para hacer unas pizzas hablar es lo único que nunca sobra. Pero como venimos de una experiencia reciente francamente deplorable, donde las palabras han sido sustituidas por el frontón, la lapidación de los referentes políticos y sociales del proceso, la judicialización y etcétera, y cómo los mismos son los mismos, perdonen si no ­compro la publicidad hasta ver el producto.

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El producto, de momento, viene con mucho envoltorio e igual oquedad, y la música que lo acompaña no invita al baile. "Diálogo", dicen en Madrid, y Soraya pone su mejor sonrisa. "Diálogo", esgrime don Millo, ahora que se nos ha vuelto un simpático con cargo. "Diálogo", repite el eco mediático, y los terrícolas catalanes nos aprestamos a contemplar tamaña e insólita maravilla. Pero, en la tierra prometida crecen los cactus, y al tiempo que brandan su diálogo nos birlan las ideas presupuestarias, nos envían a maese Montoro con el saco, nos citan a nuestros líderes en los juzgados y, en la retaguardia castiza avisan de que no se moverán del café para todos. O séase que lo de hablar es para decirnos que hablamos de no hablar de nada que no sea lo que ya sabíamos. Vaya, una trampa política, redundada en un trabalenguas narrativo. Más que a diálogo suena a lo de siempre, pero con diálogo, que siempre es un lenitivo.

Lo decía Maquiavelo: "De vez en cuando las palabras deben servir para ocultar los hechos". ¿Será el caso?

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Pilar Rahola. Publicado en La Vanguardia