En la Edad Media, los monarcas se rodeaban de unos curiosos personajes quienes a cambio de un sueldo decente y promesas de ascenso en el escalafón social, entretenían a la Corte y a los ilustres invitados. El poder real y la nobleza eran los mecenas de los principales fuentes de creación de cultura. Pintores, escritores, escultores... y bufones eran sufragados en su trabajo por las clases pudientes de la época.
No es por presumir pero llevo muchos artículos advirtiéndoles de lo gafe que llega a ser Artur Mas, insólito pájaro de mal agüero, calamidad sobre calamidad acumulada. Su última proeza fue decir que si Trump había ganado, nada era imposible para el secesionismo catalán, en la creencia de que el presidente electo podría favorecer la independencia de Cataluña para debilitar a la Unión Europea.
Ochenta años ya del fusilamiento de José Antonio. Es tanta la enormidad del drama y tanta la sensación de pérdida -curiosa percepción tantos años después y entre personas que no coincidieron en su época- que, muchas veces, se nos pasan por alto las razones. Esas causas que, en más de una ocasión, han quedado ocultadas bajo el grosero vocerío de la protesta o bajo el silencio de una noche de ritos y de marchas. Los íntimos motivos del sacrificio de José Antonio. Siempre por encima de la costumbre conmemorativa y de la fría y mecánica plegaria. Yo no quiero olvidar las razones, y tampoco podría mirar para otro lado ochenta años después.
Pues resulta que los imbéciles de los norteamericanos han votado a Donald Trump y por ello anda todo el mundo revuelto. Sí, lo han votado esos imbéciles que hace una cuarto de hora eran maravillosos cuando votaron a Barack Obama, el Zapatero negro americano.
Ya sabemos que los procesos electorales son ese viejo método político que funciona correctamente cuando gana el candidato propuesto por las fuerzas de izquierda. En el resto de supuestos, las elecciones se convierten en un ataque de las élites de extrema derecha a la democracia.
Un fantasma recorre no sólo Europa, sino el mundo, y se llama populismo. Es un fenómeno político, social y estético de trazas inquietantes, proteico, con erupciones incontrolables a la derecha y a la izquierda del mapa ideológico, rupturista, iconoclasta, irracional, abrupto e incompatible con las buenas formas. Sus líderes son personajes variopintos, hombres y mujeres de lenguaje reacio a los matices, provocadores a conciencia, sin tabús ni prevenciones, jugadores de todo o nada, agitadores de bajas pasiones, jinetes de emociones primarias, emisores sin rubor de mentiras flagrantes, de egos gigantescos y prudencia mínima. Donald Trump, Pablo Iglesias, Nigel Farage, Geert Wilders, Marine Le Pen, Nicolás Maduro, figuras broncas, rupturistas, adánicas, que bucean en las zonas oscuras y viscosas del inconsciente de sus conciudadanos pulsando registros ocultos e inconfesables para transformarlos en votantes de sus proclamas delirantes. Cuando un candidato a gobernante en una democracia hace promesas imposibles de cumplir o presenta programas irrealizables caben dos posibilidades, que esté representando un show para consumo de gentes tan indignadas que la irritación les nubla el entendimiento, para una vez en el poder moderar sus planteamientos y actuar con sensatez, como parece que va a suceder en Estados Unidos tras la victoria del lenguaraz magnate inmobiliario que se dispone a ocupar el Despacho Oval, o que realmente abriguen la intención de llevar adelante sus proyectos destructivos y provocar un daño irreversible, como ha sucedido en Venezuela y sin duda le depararía a España una victoria de Podemos.