Todo el mundo se extraña que a estas alturas de la película y con un golpe de Estado consumado, y no lo digo yo, lo dicen todas las asociaciones de fiscales de España, no haya ni un sólo detenido. Pues bien, imagina por un momento que toda la historia de la independencia catalana se estuviera desarrollando en otro país, por ejemplo en Francia, y no hubieran detenido a nadie ¿Qué pensarías? Lo sé, es impensable.
Las tensiones en el bloque independentista se parecen en su intensidad a las tensiones entre la Generalitat y el Gobierno. Mientras Puigdemont y la CUP, así como las organizaciones callejeras ANC y Òminum, prefieren la vía directa y el choque abierto, el PDECat busca soluciones intermedias y no ir al escenario de la confrontación total, donde calcula que Cataluña perderá. La vieja Convergència, aunque representada por sus líderes más recientes, espera todavía un pacto con el Gobierno, algo que les rescate de la marginalidad en el relato, de la decadencia en las encuestas.
En estas últimas semanas de efervescencia de la cuestión catalana, los separatistas no han dejado de invocar a la democracia como la indiscutible justificación de su pretensión de convocar y celebrar un referéndum de autodeterminación fuera del marco constitucional español. Se trata de democracia, han repetido infatigablemente en virtud de la regla elemental de la comunicación que establece que un mensaje simple, directo y aparentemente evidente acaba calando si se reitera hasta la extenuación. Tan es así, que muchas personas de buena fe en nuestro país y también más allá de nuestras fronteras, lo han aceptado y se han preguntado qué hay de malo en consultar a la gente y obedecer, una vez conocido el resultado de las urnas, a la voluntad mayoritaria. El Gobierno ha optado por una estrategia estrictamente legalista y ha insistido en que semejante operación contraviene el ordenamiento vigente y que la democracia no consiste sólo en contar papeletas, sino que el imperio de la ley es un elemento tan esencial de los regímenes democráticos como el sufragio universal. Sin duda, se trata de un razonamiento bien fundado porque sin respeto a la legalidad no existe democracia posible. Ahora bien, este planteamiento, pese a su solidez jurídica y política, es débil dentro del contexto exuberante de emociones en el que se viene desarrollando este enconado debate. Si la política en los regímenes de opinión pudiera encauzarse por la senda del análisis racional y del examen desapasionado de hechos contrastados, la vida colectiva sería un sereno oasis de paz y armonía. Por desgracia, la realidad es muy distinta y las mentiras, completas o parciales, dirigidas como saetas a la zona límbica de los cerebros de los votantes, son mucho más eficaces para ganar su adhesión acrítica que la exposición razonada de argumentos.
Si algo positivo ha provocado el separatismo en España, es el que patriotismo español resurge de nuevo y pide la palabra. Ya nadie podrá parar lo que se ha empezado. Españoles vamos a construir un gran país, esa es la aptitud de una nación unida y fuerte, así podremos salir adelante de verdad. La última semana ha sido trágica, pero como catalán y por lo tanto español, me siento orgulloso y verdaderamente emocionado de ver día tras día todo vuestro incondicional apoyo. Un amparo nacional que no viene nada mal en estos momentos de conflictividad en Cataluña.
Primero que nada, y aunque me moleste, quiero especificar una vez más que no es lo mismo hablar de catalanes que de catalufos y aunque es obvio todavía hay algún que otro tontolaba que no distingue la diferencia. Cuando en un país hay que explicar, y defender, demasiadas veces lo obvio, ese país tiene un problema. Véase España.
Una parte de la sociedad catalana ha declarado la guerra abierta a España y se prepara para una eventual hipotética independencia unilateral de Cataluña. Quien quiera creer lo contrario está en su derecho, pero señores y señoras estamos ante un golpe de Estado de importantes magnitudes en muchos campos. Nadie puede obviar las consecuencias que está teniendo está deriva secesionista y la que tendrá en los próximos meses para todos los españoles, no únicamente para los catalanes. Negarlo sería una estupidez que nos costaría todavía más asumir a medio y largo plazo, ya que podría hacer el ambiente más trágico en el futuro.