No es posible, es necesario

En muchas ocasiones en la vida nos encontramos ante la disyuntiva de tener que elegir entre lo imposible y lo necesario y aunque es difícil decidirse sólo una opción es correcta.

En muchas ocasiones en la vida nos encontramos ante la disyuntiva de tener que elegir entre lo imposible y lo necesario y aunque es difícil decidirse sólo una opción es correcta.

Tal vez Wonder Wheel, la última película de Woody Allen, sea la historia más triste del mundo, con su protagonista convertida en la autora de la tragedia de su propia vida. También Cataluña pudo ser otra cosa pero eligió el precipicio: y los votantes de Puigdemont son la camarera que por desesperación se enamora del socorrista creyendo que los demás son los culpables o los salvadores de su vida, cuando en realidad sólo nosotros decidimos nuestro destino.

Existen ideas que aparecen intuitivamente como evidentes y que son, sin embargo, falsas. Un ejemplo típico es el siguiente: Imaginemos que el globo terráqueo fuese una esfera perfecta y que lo rodeamos a lo largo del ecuador con una cuerda en contacto con el suelo. Esta cuerda tendría una longitud igual a la del ecuador, es decir, unos 40.000 kilómetros. Supongamos que realizamos la misma operación con otra cuerda que tenga un metro más que la primera y que nos preguntamos antes de hacerlo cuánto se separará de la superficie terrestre esta segunda cuerda. La mayoría de las personas a las que se formule esta cuestión responderán que la separación será imperceptible porque un metro añadido a 40.000 kilómetros representa un incremento de longitud de dos cienmillonésimas partes, es decir, prácticamente cero, por lo que la diferencia de utilizar una cuerda u otra, concluirán, será invisible al ojo humano. Pues bien, si se lleva a cabo el cálculo, cuyos detalles les ahorro porque es elemental, resulta que la segunda cuerda se encontrará a una distancia del suelo de dieciséis centímetros, perfectamente apreciable a simple vista.

La península coreana ha reavivado una situación de crisis similar a la que se provocó durante la Guerra Fría en superpotencias como Estados Unidos, Rusia o China. Todo por culpa de un dictador gordo que deja morir al pueblo norcoreano de hambre, a costa de invertir la mayoría de su prepuesto estatal únicamente a Defensa, con el fin de mejorar el poderío de su ejército y aumentar así su amenaza a la paz internacional.

En mi entorno cada vez se habla más del proyecto de Tabarnia como autonomía separada del resto de Cataluña, agrupando las ciudades de Tarragona y Barcelona y las comarcas colindantes, como entidad de fuerte sentimiento español frente a la Cataluña separatista del interior.

Es conocida la definición que hizo Gramsci de las crisis como períodos históricos en los que lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo no acaba de morir. España se encuentra sumida en una crisis múltiple y profunda desde 2008, de cuya componente económica está saliendo trabajosamente y con secuelas que tardarán aún en curar. Los restantes aspectos, el institucional, el moral y el de unidad nacional siguen activos, sobre todo el último, que se encuentra en pleno apogeo con su epicentro en Cataluña. El resultado de las elecciones del 21-D, preocupante en la medida que los independentistas seguirán ocupando una exigua mayoría de escaños en el Parlament, nos ofrece una señal muy clara de que el terremoto político que ha significado la aparición de dos nuevos partidos en nuestro país, uno en la extrema-izquierda y el otro en el centro, acabando con el bipartidismo imperfecto existente desde la Transición, ha culminado en la muerte anunciada de una de las dos grandes fuerzas de ámbito nacional, el Partido Popular. Y este acontecimiento se ha producido con motivo de unos comicios que, si bien de naturaleza autonómica, han desbordado sus límites geográficos para proyectarse sobre el conjunto de la Nación.

Tras las más duras medidas que jamás un presidente haya tomado desde la recuperación de la democracia, no sólo no ha habido ninguna revuelta en Cataluña, sino que los catalanes han avalado la aplicación del artículo 155 y todas sus consecuencias, convirtiendo a Ciudadanos en la fuerza más votada, dejando al independentismo con dos diputados menos, con menos porcentaje de voto y 150.000 votos por debajo de los obtenidos por los partidos constitucionalistas.