Mucho se ha hablado sobre los ángeles a lo largo de toda la historia de la humanidad, y me temo que se seguirá hablando. Nadie los ha visto y no se sabe nada de ellos, ni tan siquiera si existen. Pero ahí están en todos los fregados religiosos, desde retablos, frescos, pinturas, murales, hasta en citas del Antiguo y Nuevo Testamento.
Tal como decía el célebre científico Albert Einstein, "el nacionalismo es una enfermedad infantil. Es el sarampión de la humanidad", algo muy distinto a lo que es el patriotismo, que es el verdadero amor a la patria, en mi caso, a la nación española. Algo muy normal en cualquier Estado moderno, pero que en ocasiones se tergiversa por parte de los separatistas.
¿Qué paisaje contemplaremos tras la batalla en la mañana del 22 de diciembre? ¿Seguirá Cataluña partida en dos bandos irreconciliables, enquistados en números parejos e inamovibles, o se abrirá la esperanza de salir por fin de la pesadilla de un "procés" tan absurdo como empobrecedor? ¿Habrá servido la percepción del desastre causado por el aventurerismo irresponsable de una banda de fanáticos impermeables a la realidad para despertar de su ensoñación obsesiva a los catalanes de cerebros lavados por décadas de aulas adoctrinadoras y de medios públicos sectarios? La alarma causada por la estampida de empresas, la paralización de inversiones, la caída de las cuentas de resultados, los hoteles vacíos y el repunte del paro, ¿habrá movilizado en cantidad suficiente a los centenares de miles de ciudadanos que no participan habitualmente en elecciones autonómicas por indiferencia, fatiga, impotencia o hastío? Y lo más relevante de todo, el hecho más determinante de esa fecha crucial, ¿quién subirá al escalón más alto del podio y alzará victorioso o victoriosa el trofeo de fuerza más votada entre las aclamaciones de los suyos y la consternación de los adversarios? Porque ese será el factor clave del recuento de la noche del jueves de la semana próxima, más allá del reparto de escaños y de las mayorías más o menos verosímiles que se forjen en un parlamento fragmentado. Los ojos del mundo se centrarán en la imagen cargada de significado de la llegada en primera posición a la meta de los que representan la fijación en un pasado inventado y rencoroso o de una mujer joven y luminosa que ofrece un futuro libre de agravios imaginarios y pleno de posibilidades de recuperación de la sensatez, el crecimiento y la tranquilidad.
Víctor Laínez, era un ciudadano español de 55 años, amante de las motos y con las convicciones y simpatías políticas que consideraba oportunas, porque en un país libre, como España se supone que es, existe libertad de pensamiento, de opinión y de expresión, y sin ellas, no existe el estado de derecho. Simpatizaba con quien le daba la gana, incluida la Legión y, según cuentan, no se metía con nadie. Usaba habitualmente tirantes y, en esta ocasión, con los colores de la bandera de España, a juego con un cinturón y de cuyas llamativas prendas, sus propios amigos habían estado haciendo coñas la madrugada que le costó la vida. Estaba en su derecho de vestir como le venía en gana y, al menos en aquel momento, no hacía ningún mal a nadie, ni siquiera a la mala bestia cobarde que el pasado viernes día 8 de diciembre, día de la Inmaculada, le quitó la vida salvajemente sin más motivo que los colores de su bandera.
Una de las cosas más representativas de la Europaoccidental es la cultura del Yo. Nada es más importante que la autorrealización de cada uno de nosotros: Eso lo logramos mediante un trabajo duro para lograr nuestros deseos y mediante la aceptación de los demás, lo cual hace engordar a nuestro Yo, que, repito, es lo más importante.
Desde la Segunda Guerra Mundial, el papel de potencia hegemónica global -lo que fue Roma en la Antigüedad, España en el siglo XVI, Francia en el XVII y el Reino Unido en el XIX- le ha correspondido a los Estados Unidos de América. El estilo de vida americano, su inmensa fuerza militar y su exitoso sistema económico lo han consagrado como la primera democracia del planeta y el actor decisivo en las grandes crisis de los últimos setenta años. Este predominio parece haber alcanzado su punto máximo, altura desde la cual se inicia el declive. La inesperada elección de Donald Trump podría ser un claro indicio de este cambio de tendencia y del comienzo de una retirada lenta, pero progresiva, de la cúspide de la gestión de los asuntos mundiales. La pregunta inmediata es: si esto es así, ¿a quién le corresponderá a medio plazo la ardua tarea de dirigir a la comunidad internacional? ¿Qué país será el heredero de la pax americana y de su capacidad de orientar la marcha de los acontecimientos en los cinco continentes?
En primer lugar es de significar que todos ellos, a excepción de uno que votó en contra, han sido cooperadores necesarios en la declaración de la "república independiente de Cataluña".