Cercana la Navidad, voy a dar unas pinceladas de lo que ha significado el cristianismo hasta nuestros día y en nuestros días, cuna cultural de la civilización occidental.
Al margen del peso de explicaciones históricas y sociológicas, debe hacerse notar que todos los estudios que hemos hecho sobre el nacionalismo tienden a subrayar la significación de un dato que nunca ha pasado desapercibido: el decisivo significado de la busqueda del poder en estrecha relación con la materialización más plástica del mismo en los tiempos modernos, el Estado. El nacionalismo se constituye así en una instancia privilegiada de legitimación del Estado ya existente o en el vehículo a través del cual nuevos agentes sociales pretenden llegar a la conquista del poder político en la forma, preferente pero no exclusiva, de Estado soberano. El elemento que subyace a todo lo que hemos visto, complejos y contradictorios papeles políticos es el convencimiento de su funcionalidad cara al objetivo de conquista o mantenimiento del poder en sus distintas plasmaciones territoriales.
El sistema de partidos en España ha pasado a ser prácticamente bipartidista en el conjunto del Estado, mientras no se demuestre lo contrario, aunque tal bipartidismo aparezca corregido por la presencia de los partidos nacionalistas que en sus territorios consiguen ser primeros o segundos en las circunscripciones en que aquellos se dividen. Lo que quiere decir, ni más ni menos, que cuando uno de los dos grandes partidos, PP o PSOE, no alcanzan la mayoría absoluta en el Congreso, no existe una posible bisagra estatal con la que formar Gobierno o de la que obtener el sostén parlamentario necesario para formar una sólida mayoría capaz de sostenerlo, de modo que el ganador por mayoría relativa sólo es capaz de gobernar buscando el apoyo externo de partidos nacionalistas. Tal situación, dice Blanco, coloca a los "agraciados", en cada caso, en la posición de partidos extractivos, casi grupos de presión, que pasan a estar en condiciones de plantear su relación con el Gobierno nacional en unos términos muy claros: gobernabilidad nacional a cambio de poder regional. Si esos aliados nacionalistas del Gobierno del Estado son, además, como ocurrió en todo el periodo 1979-2003 en Cataluña y 1979-2009 en Vascongadas, partidos gobernantes en sus respectivos territorios, la presión descentralizadora cobra entonces su sentido, pues el que presiona es el directo beneficiario de los réditos políticos y económicos que produce la presión.
Basado en Ramón Máiz, y varios, "Teoría Política: poder, moral, democracia", Alianza Editorial, Madrid, 2003.
Tanto Weber como Parsons introdujeron una muy influyente noción de legitimidad al hilo de la perspectiva teleológica del poder, ya sea individualista o sistémica fundamentalmente dependiente del "consentimiento" por parte de aquellos sobre los que es ejercido. Pero ambos desestiman la consideración no estratégica del acuerdo, esto es, su concepción no como un fin instrumental para otros fines, sino como fin en si mismo.; a saber: la formulación de una voluntad común orientada al entendimiento, un consenso básico en las reglas de juego alcanzado sin coacciones como marco del pluralismo, la diferencia y el conflicto. Ahora bien, la cuestión plantada por Habermas a estos efectos resulta especialmente pertinente: ¿cómo generar poder legítimo sin la producción del reconocimiento que brota de convicciones comunes mediante una comunicación libre de coacciones?.
Según LIAH GREENFELD, "Nacionalismo, cinco vías hacía la modernidad", Centro de Estudios políticos y Constitucionales, Madrid, 2005,el nacionalismo no tiene que ver con la pertenencia a cualquier tipo de comunidad humana, sino únicamente con la relativa a las comunidades definidas como "naciones". La identidad nacional es diferente de las identidades que se definen sólo con criterios religiosos o de clase. Tampoco es sinónimo de una identidad exclusiva o principalmente lingüística o territorial, ni de ciertas clases de identidad política, ni siquiera de pertenecer a una identidad única, es decir, ser francés inglés o alemán, atributos todos ellos que suelen relacionarse con la identidad nacional. Esto refuta por tanto la idea de la existencia de los nacionalismos o localismos en España. Con frecuencia, una identidad única, que puede ser de índole religiosa o lingüística o territorial o política existe siglos antes de que se constituya la identidad nacional, lo cual no garantiza en modo alguno su aparición ni la anticipa; ese fue el caso de Francia y, en cierto modo, el de Alemania. En otros casos, el sentimiento de singularidad puede articularse al mismo tiempo que aparece la identidad nacional como ocurrió en Inglaterra y , de forma más inequívoca, en Rusia. La identidad nacional no es de carácter genérico sino específico. Puede que producir una identidad sea una necesidad psicológica, algo inherente a la naturaleza humana, pero producir una identidad nacional no lo es. Es muy importante, según este autor, tener en cuenta esta distinción.
Según Anthony D. Smith, Nacionalismo y Modernidad, ISTMO, Madrid, 2000, los especialistas en naciones y nacionalismos suelen proponer en sus obras tres antinomias: la "esencia" de la nación como lo contrario a una realidad fabricada. La antigüedad de la nación versus su aparición en la Edad Moderna y la base cultural del nacionalismo en contraposición a sus metas y aspiraciones políticas. Estas antinomias se han incluido en las teorías elaboradas por los especialistas y se han reflejado en las actividades políticas de los nacionalistas mismos. Hacemos bien en recordar, como así hemos realizado en otros artículos, hasta qué punto las formulaciones nacionalistas en sí mismas muy variadas, han influido sobre el desarrollo del análisis histórico de las naciones y el nacionalismo y, a través de los historiadores, sobre todo la gama de teorías que hemos estado analizando.