¿Tiene sentido considerar a las naciones como comunidades que generan derechos y obligaciones de la misma manera que lo hacen las comunidades de forma más inmediata?. ¿Pueden servir los argumentos particularistas para defender las obligaciones hacia los compatriotas?.
Es en este artículo en el que debemos referirnos a un aspecto del estudio de los Estados federales al ocuparnos de su pluralidad interna, en el que tenemos la ocasión de sostener la muy diferente significación jurídica y política de lo que se tipifica como diversidades, deshomogeneidades y asimetrías. Mientras las primeras nacen de los contrastes de población, geográfica, política y desarrollo económico que encontramos con carácter general entre las diversas unidades políticas que componen un Estado federal, las deshomogeneidades tienen su origen en las diferencias que están vinculadas a las esferas competenciales respectivas de las citadas unidades, diferencias que pueden ser la consecuencia de diferencias naturales, no puede tener competencias en materias costeras el territorio que carece de costa, o de decisiones políticas de los poderes de aquellas unidades, pero sin que ni en uno ni en otro supuesto se produzca como consecuencia de tales diferencias competenciales una alteración de la posición político-constitucional de las entidades federadas. Las asimetrías presentan una naturaleza sustancialmente distinta, pues emanan de opciones que van dirigidas a crear diferencias entre las unidades como ocurre en España. Algunas de estas asimetrías aparecen como la expresión, y al propio tiempo la respuesta, al fenómeno que, tras determinar en gran medida la aparición de los más genuinos federalismos descentralizadores como el belga o el español, ha condicionado esencialmente su dinámica hasta hacerlos sustancialmente diferentes de todos los que han compuesto el objeto de estudio del autor: me refiero al fenómeno de los nacionalismos interiores.
La propensión a considerar superficialmente todo lo que no afecta de modo directo a la vida profesional, hace suponer a los militares que política es cabalmente ese embrollar, zurzir, engañar, urdir trapisondas y prevaricar sin escrúpulo, que, pese a las mejores voluntades, es la circunstancia de la vida política de un Estado en descomposición donde algunas regiones ni siquiera acatan las demandas constitucionales. El militar siente un rechazo hacía todo esto y de rechazo hacía la misma esencia de la verdadera política que no acierta ni siquiera a entrever una aversión profunda y sin recato.
El don de persuadir, de arrastrar, de conquistar, en suma, a los hombres, exige, como apunta Jorge Vigón, una gran perspicacia, conocimiento o intuición de las disposiciones variables de nuestros subordinados, la previsión de los efectos que producirán las ordenes por razón de las circunstancias en que han de llegar a estos a quienes van dirigidas, una gran simpatía hacia los ejecutantes y la preocupación de reducir a un mínimo las fatigas y los peligros que su ejecución puede ocasionar. Por eso dice Mayer que si la ciencia del mando es accesible a la mayor parte de los hombres, solo una minoría posee a fondo el arte de hacerse obedecer sin hacer uso de castigos; entendiendo estos como aquellas sanciones leves y graves que se imponen sin acudir a la justicia y al Código Penal.
Leo, sin inmutarme, en el Confidencial Digital, que el Ministro ha dado ordenes a sus Generales de que callen en el problema Catalán como si no fuera con ellos, porque es responsabilidad de los políticos. Por poner un ejemplo folclórico del problema, que va más allá de la política, según explicaba Jesús Lainz, la sardana empezó a ser bailada en todas las localidades catalanas como acompañamiento de los actos del catalanismo político y cultural. En un principio, dice, causaba extrañeza entre la población que jamás había tenido conocimiento de su existencia. Ya en tiempos de la II República el escritor Julio Camba explicaba la celebración de la promulgación del Estatuto catalán a ritmo, como no, de sardana: "Hace veinte años, algunos naturales del Ampurdan solían reunirse los domingos para bailar la sardana, y los barceloneses se morían de risa contemplando el espectáculo de su futuro baile nacional".
Los oficiales de carrera han aceptado la idea de la disuasión como estrategia. Muchos creen que las grandes guerras no son inevitables y reconocen la amplia gama de misiones politicomilitares que se les están asignando y que probablemente se les asignarán. Subrayan que la disuasión es eficaz gracias a que hay hombres preparados para luchar. En este espíritu de lucha hay muy poco sentimiento sentimiento gung ho, lema adoptado por una parte de las fuerzas estadounidenses destacadas en Asia durante la segunda guerra mundial que hace referencia al entusiasmo por una tarea común, excepto entre algunos oficiales maduros; más bien se trata de una respuesta de imitación. La idea de una fuerza policial, la noción de que un soldado puede desarrollar una carrera eficaz sin haber participado nunca en una operación multinacional, ha llegado a nuestros días, principios del siglo XXI, como algo casi imposible en los Ejércitos Españoles, aunque antes tenia una aceptación amplia, aunque superficial. Pero sólo una reducida minoría, el núcleo de oficiales más innovadores, comprende plenamente las consecuencias de este punto de vista profesional. Esta minoría está convencida de que es posible reunir, tanto en un militar individual como en una Institución militar concreta, los potenciales de combate, de control de armamento y de salvaguarda de la paz.
Al principio, el concepto de nación era despectivo: en Roma esa denominación se reservaba para grupos de forasteros de determinada región geográfica cuyo estatus era inferior al de los ciudadanos romanos. El concepto era similar al griego ta ethne, también utilizado para aludir a extranjeros y, en concreto, a infieles, y al hebreo amamim, referido a los no pertenecientes al pueblo elegido monoteísta.