Decía Julius Evola: "Sé radical, ten principios, sé absoluto, sé aquel a quien el burgués llama 'extremista'". En un mundo donde el conformismo se ha convertido en la norma y la mediocridad en virtud, estas palabras resuenan con una fuerza renovada. Vivimos en una sociedad asolada por la corrupción, donde los valores tradicionales han sido erosionados hasta casi desaparecer, sustituidos por ideologías fabricadas en laboratorios ideológicos que pretenden redefinir la esencia misma de lo humano. Ser radical, en este contexto, no es un capricho extremista, sino un acto de sentido común: es defender lo que siempre ha sostenido a las civilizaciones contra el caos que nos envuelve.