Algunos vascos y catalanes mal nacidos están consumidos por un odio invencible hacia España y los españoles. Sus escritos y manifestaciones en los medios de comunicación y en sus reuniones de masas están plagados de menciones en este sentido: “nación más abyecta de Europa (…); nación mil veces maldita (…); raza más vil y despreciable de Europa…”.
“Ya de joven me había fijado en que ningún periódico cuenta nunca con fidelidad cómo suceden las cosas, pero en España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la relación que se presupone en una mentira corriente…
A las muchas tonterías que tenemos que escuchar de manera más o menos habitual se le suma ahora la de aquellos nostálgicos que recurren a los manidos Pactos de la Moncloa de 1977 como tabla de salvación para salir de la crisis sanitaria, social y económica a la que nos enfrentamos. Llama la atención la obsesión de algunos por el pasado, sin tener en cuenta eso de que no necesariamente cualquier tiempo pasado fue mejor. Se agarran a un clavo ardiendo, posiblemente porque no sepan hacerlo de otra manera. No tienen ni las cualidades ni la imaginación, ni siquiera la ocurrencia de acudir a fórmulas novedosas o imaginativas, fórmulas de futuro. Siguen empeñados en analizar el pasado con los ojos del presente y, lo peor, es que su desconocimiento, su ignorancia y posiblemente su maldad, solo recurren a lo peor de nuestra historia, a fórmulas fracasadas como fueron los conocidos e idealizados Pactos de la Moncloa, donde nada se pactó y todo se cedió.
Cuando escribo esta columna, el número de muertos por coronavirus en España ha llegado ya a los once mil, los infectados se acercan a los ciento veinte mil y las personas que han cesado en su empleo, bien por despido o por ser objeto de un ERTE, son más de novecientas mil. La catástrofe sanitaria, humana y económica va adquiriendo proporciones sobrecogedoras y es natural preguntarse si podía haber sido evitada y si, una vez iniciado el contagio en la ciudad china de Wuhan, sus efectos globales hubieran podido contenerse en mayor medida. En estos días trágicos, ha sido obligado recordar a Nassim Taleb y su célebre pentalogía Incerto, en particular su segundo libro, El cisne negro. Esta hoy popular expresión alude a un acontecimiento que es simultáneamente imprevisible y terrible. Se puede tratar de un magnicidio, de un terremoto, de un tsunami, de una pandemia, de un atentado terrorista o de la quiebra de un banco sistémico, cualquier suceso de consecuencias devastadoras de enorme alcance que nadie podía imaginar o conjurar.
No me gusta esta Europa, no me gusta ahora y no me gustaba antes. España entró en el mercado común de mala manera, por la puerta de atrás, con prisas y pagando un alto precio. Fueron pocos los que advirtieron que el dinero que se nos estaba dando, en forma de limosna, no era ni mucho menos proporcional al coste de nuestro ingreso. Sin querer darnos cuenta, España regalaba su soberanía y su independencia económica a cambio de pertenecer a lo que entonces era un exitoso y exclusivo club de snobs.
1. Franco tuvo un centenar –escaso- de ministros, durante sus casi cuarenta años de gobierno de España.
Eran ministros nombrados a dedo, como lo son todos los ministros, por cierto, pero como el jefe del estado no tenía que someterse a elecciones periódicas como ahora, ni dependía de la opinión pública, elegía a los mejores, y la prueba es que eran personalidades sobresalientes en sus respectivos campos profesionales, y que hicieron mucho bien a España, haciendo que la sociedad progresaba bastante.
¿Alguien recuerda la crisis de 2008? Seguro que sí. Ese acontecimiento cambió y sigue cambiando nuestras vidas, fue toda una sacudida anunciada por unas pocas voces mientras la fiesta proseguía y se seguía suministrando crédito inexistente a un mercado mundial a punto de reventar.