Me pregunto qué significa «llegar» en política. ¿Es alcanzar la cima del poder ser presidente del Gobierno? ¿Es acaso el top de la capacidad de uno mismo para construir o para destruir? ¿Por encima de cuántas normas institucionales y éticas? ¿Por encima de cuántas personas, amigos, colegas y ciudadanos debe uno pasar para avanzar y «llegar»? ¿Y qué sucede cuándo «llegas»? ¿Hay camino de retorno o uno llega ya muerto al final de ese trayecto? Lo pienso mientras todavía arde el caso Koldo de corrupción socialista. «¡En mi partido Sánchez no habría llegado ni a concejal de pueblo!». Pero así es como funciona la política para quienes quieran «llegar», mirando para otro lado en una fontanería donde algunos hacen y deshacen para mantenerse ellos y a otros a flote. Hay muchos que prefieren conformarse con ser concejal de pueblo pequeño, pueblos en los que muchos ediles ni cobran, ni tienen asesores, ni chófer, ni dietas, ni mucho menos focos mediáticos, a no ser que tengan la suerte de contar con un periódico local. Para «llegar» a ser concejal de pueblo uno primero debe ser querido y conocido entre sus vecinos, entender que le pararán por la calle a cualquier hora, que ocupará sus domingos y festivos en eventos populares, que se someterá junto a su familia a un escrutinio público de máxima cercanía, y que recibirá tantas críticas como posiblemente sonrisas y abrazos de quienes conoce de toda la vida. Y que después, tras el ejercicio de su cargo por el que no va a percibir apenas nada de dinero, deberá seguir viviendo en ese lugar, por el que trató de construir. Esos son los concejales de pueblo, los que no buscan dar «el salto» para llegar a un asiento más acolchado.