Cercana la Navidad, voy a dar unas pinceladas de lo que ha significado el cristianismo hasta nuestros día y en nuestros días, cuna cultural de la civilización occidental.
Otra vez hemos estado dando vueltas a lo mismo. Otra vez se ha líado una gran bronca facebookera aunque, también es de justicia decirlo, en esta ocasión hemos sabido terminar a tiempo. Sin entrar al trapo porque, para bien y para mal, todo este invento da cada vez mayor pereza. A mí ya no me gusta discutir en el face: entre otras cosas porque no nos lleva a ningún sitio. Otra cosa es que no exprese –cuando, donde y como quiera- mis propias opiniones. Siempre he pensado que todos estos problemas no son más, en el fondo y en la forma, que una lucha prolongada en el tiempo –agudizada ahora por el uso de las redes sociales- entre los que queremos opinar libremente y entre los que no nos quieren dejar hacerlo. Entre los que solemos decir lo que pensamos y entre los que no lo dicen nunca. O entre quienes lo dicen y, además, quieren imponérnoslo.
Al margen del peso de explicaciones históricas y sociológicas, debe hacerse notar que todos los estudios que hemos hecho sobre el nacionalismo tienden a subrayar la significación de un dato que nunca ha pasado desapercibido: el decisivo significado de la busqueda del poder en estrecha relación con la materialización más plástica del mismo en los tiempos modernos, el Estado. El nacionalismo se constituye así en una instancia privilegiada de legitimación del Estado ya existente o en el vehículo a través del cual nuevos agentes sociales pretenden llegar a la conquista del poder político en la forma, preferente pero no exclusiva, de Estado soberano. El elemento que subyace a todo lo que hemos visto, complejos y contradictorios papeles políticos es el convencimiento de su funcionalidad cara al objetivo de conquista o mantenimiento del poder en sus distintas plasmaciones territoriales.
Los sospechosos habituales han reaccionado. Tarde, es cierto, quizás agobiados por el indiscutible éxito de los acuerdos económicos y culturales surgidos del viaje del president Mas a Israel. Pero como la manía antiisraelí es una de las más fuertes del planeta Catalunya, y como los militantes de la cosa están siempre al acecho, no fuera que se les escapara alguna noticia con la palabra Israel que ellos no hubieran denunciado, vilipendiado, boicoteado y etcétera, finalmente ha llegado el numerito previsible. Y el numerito, en este caso, es "la exigencia" (término sobradamente democrático) al rector de la Universitat de Vic y al alcalde Vila d'Abadal de que rompan el acuerdo con la Universidad de Haifa y el Rambam Health Care Campus. Es decir, que rompan cualquier acuerdo con una universidad de gran categoría académica, y un hospital de renombre internacional. Sobra decir que tal exigencia la hacen extensiva a todos los que tengan la osadía de cerrar acuerdos con universidades y hospitales israelíes. Y a partir de aquí, la retórica al uso sobre las pérfidas maldades de Israel y las bondades eternas de Palestina, haciendo buena la idea de que cuanto más complejo es un conflicto, más simplista es el análisis de los irreductibles.
El sistema de partidos en España ha pasado a ser prácticamente bipartidista en el conjunto del Estado, mientras no se demuestre lo contrario, aunque tal bipartidismo aparezca corregido por la presencia de los partidos nacionalistas que en sus territorios consiguen ser primeros o segundos en las circunscripciones en que aquellos se dividen. Lo que quiere decir, ni más ni menos, que cuando uno de los dos grandes partidos, PP o PSOE, no alcanzan la mayoría absoluta en el Congreso, no existe una posible bisagra estatal con la que formar Gobierno o de la que obtener el sostén parlamentario necesario para formar una sólida mayoría capaz de sostenerlo, de modo que el ganador por mayoría relativa sólo es capaz de gobernar buscando el apoyo externo de partidos nacionalistas. Tal situación, dice Blanco, coloca a los "agraciados", en cada caso, en la posición de partidos extractivos, casi grupos de presión, que pasan a estar en condiciones de plantear su relación con el Gobierno nacional en unos términos muy claros: gobernabilidad nacional a cambio de poder regional. Si esos aliados nacionalistas del Gobierno del Estado son, además, como ocurrió en todo el periodo 1979-2003 en Cataluña y 1979-2009 en Vascongadas, partidos gobernantes en sus respectivos territorios, la presión descentralizadora cobra entonces su sentido, pues el que presiona es el directo beneficiario de los réditos políticos y económicos que produce la presión.
Cuando creíamos que nuestra capacidad de indignación sobre las tropelías de la UGT andaluza se había saturado, nuevas revelaciones si cabe más escandalosas sobre sus abusos y su desfachatez han transformado la repulsa en repugnancia. Parece mentira que altos cargos de organizaciones sin ánimo de lucro cuyo fin es la defensa de los derechos de los asalariados y su preparación para mejorar su empleabilidad malgasten el dinero de los contribuyentes en comilonas, francachelas y regalos suntuosos.