Alí Babá y los cuarenta sindicalistas

Cuando creíamos que nuestra capacidad de indignación sobre las tropelías de la UGT andaluza se había saturado, nuevas revelaciones si cabe más escandalosas sobre sus abusos y su desfachatez han transformado la repulsa en repugnancia. Parece mentira que altos cargos de organizaciones sin ánimo de lucro cuyo fin es la defensa de los derechos de los asalariados y su preparación para mejorar su empleabilidad malgasten el dinero de los contribuyentes en comilonas, francachelas y regalos suntuosos.
La circunstancia de que estos derroches se llevasen a cabo mediante facturas falsas detrayendo recursos de partidas destinadas a los auténticos objetivos sindicales traslada estos comportamientos de la obscenidad a la delincuencia. Estos casos de manifiesta caradura nos llevan inevitablemente a una reflexión sobre el Estado que hemos construido a partir de 1978. La dictadura estuvo dominada, a pesar de que durante sus cuatro décadas de existencia se fue implantando progresivamente un nivel apreciable de libertad económica, por una mentalidad estatalista. Los sindicatos verticales eran meros apéndices del Gobierno y una pieza más de la maquinaria de control de la sociedad.
Ahora, los sindicatos llamados curiosamente democráticos ejercen también como un engranaje del Estado, reemplazan al poder legislativo en el terreno de la regulación del mercado laboral, monopolizan la negociación colectiva y viven del presupuesto público. Sus liberados proliferan en la Administración y en las empresas privadas parasitando al resto de trabajadores y perjudicando la productividad. Sus jerifaltes disfrutan de suculentas mariscadas a costa de los impuestos que pagamos y es de suponer que una vez repletos sus curvos abdómenes y ya en el beatífico momento de los alcoholes digestivos deben reírse a mandíbula batiente de los millones de idiotas que con su esfuerzo diario les permiten entregarse a tales lujos.
Es evidente que una medida imprescindible de saneamiento de nuestro sistema institucional es la supresión de toda subvención a sindicatos y organizaciones empresariales. Los agentes sociales han de vivir de las cuotas de sus miembros y de cualquier otra actividad legítima y legal que puedan realizar dentro de su esfera de cometidos. Con esta simple e higiénica medida se clausurarían las cuevas de Alí Babá que son hoy unos sindicatos que representan muy poco y roban demasiado.












