A petición de la CUP, la Generalitat retirará la acusación contra los delincuentes callejeros, también llamados activistas, detenidos en siete procesos judiciales, que incluyen las dos huelgas generales de 2012 y los incidentes tras el desalojo de Can Vies el mes de mayo de 2014.
Jordi Pujol tuvo una visión cuando de niño su tío (no su padre) le llevó a conocer el Tagamanent (no el hielo). El tierno infante en su inocencia impúber contempló los vestigios de la Guerra Civil en el paisaje y del fondo de su almita catalana surgió un compromiso redentor: "esto lo reconstruiremos" fue la solemne promesa que coronó la ascensión a la cima y al éxtasis. A partir de aquí una vida dedicada a la patria, una patria pequeña, inventada, de cultura doméstica de sobremesa familiar animada con vino con gaseosa, una existencia teñida de épica de baratillo y de marrullerías políticas. Y sobre todo, de saqueo, de saqueo del presupuesto, de los empresarios deseosos de contratos públicos, de los ingenuos admiradores ansiosos de recibir un reflejo de la gloria del líder. Una trayectoria de fingimiento permanente y cínico aparentando ser un hombre de Estado mientras trabajaba cual incansable termita para destruirlo, un discurso anfibio con una versión ponderada para Madrid y otra incendiaria para las bases enfervorizadas en la tierra irredenta, una apariencia de hombre austero entregado a la causa salvadora por encima de las cosas materiales que escondía un insaciable rebañador del erario, un padre solícito de familia numerosa que tapaba al padrino de una red mafiosa con tentáculos en todo el planeta, un campechano visitador de pueblos rurales que recubría a un Capo di tutti capi al lado del cual Don Corleone queda empequeñecido como un modesto ladronzuelo.
El presidente Puigdemont es la víctima propiciatoria de un proceso que está muerto pero que sigue corriendo como las gallinas a las que les han cortado el cuello y todavía no lo saben.
No sé si Pedro Sánchez está familiarizado con la obra de Platón con la misma profundidad que Pablo Iglesias lo está con la de Kant, pero dado que en estos días se encuentra sometido a la angustia que siempre comporta tomar decisiones trascendentales de las que dependen no ya su suerte personal, sino también la de millones de otras personas, votantes suyos o españoles en general, una visita a los pensadores clásicos, y entre los clásicos a los que lo son por antonomasia, es decir, los griegos, puede ayudarle a orientar su pensamiento, algo confuso por lo que se está viendo. Esta aproximación a su problema nos lleva indefectiblemente al gran discípulo de Sócrates.
Dicen los que han hecho un curso de cupismo que el empate acerca la investidura, porque los que habían salido a la cacería de Mas utilizaron todos los cartuchos. O casi. Pero como la CUP ha demostrado una capacidad inimaginable de perpetrar el ridículo, no es una afirmación muy segura. De momento lo que sí está claro es que los cuperos avanzaron un día los Santos Inocentes y se rieron de nosotros. Y fue así como la historia de Catalunya añadió un nuevo esperpento a un proceso que empezó anhelando la gloria. Como dije hace tiempo, entre la gloria y el ridículo hay una línea muy estrecha, y gracias a la CUP la hemos pisado con fruición.
El populismo izquierdista de ir a comer con los pobres constituye en primer lugar una clamorosa apropiación de su comida, y sobre todo un acto de cinismo, porque son precisamente las ideas que la señora Carmena encarna y representa las que históricamente han causado las mayores hambrunas y las miserias más desoladoras.