Todos los días nos encontramos con noticias que ya son habituales y no nos sorprenden, pero que son de extrema gravedad y que afectan a uno de los pilares fundamentales de nuestro sistema democrático. Son los agujeros de la justicia española:
Estuve viendo la película Dunkerque. A quien le gusta el cine bélico con valores, se la recomiendo. Al que le gusta observar un espectáculo de efectos especiales, luchas aéreas, situaciones límite, heroísmo, guerra y muerte, se la recomiendo. Y a los que les gustaría que nuestra historia de hace ochenta años fuera contada de esta manera, se la recomiendo doblemente.
Hayek escribió en su célebre obra 'Camino de servidumbre' que "aquellos que creen que, si el Gobierno no interviene en la economía, esta sería un caos, es porque desconocen la competencia". Aunque el libro salió a la luz en 1944, esta frase sigue guardando una gran verdad.
El pasado domingo, 16 de julio, día del Carmen, Venezuela y, los venezolanos desparramados por el mundo, votaron en un 95% contra la aventura antidemocrática del presidente venezolano Nicolás Maduro de aprobar una iniciativa que convierta aquel país en un remedo dela dictadura cubana, o de la "democracia orgánica" franquista.
Estas dos últimas semanas están siendo interesante porque se está pudiendo visualizar, una vez más, las pocas ganas de sacrificio personal de los "dirigentes patrióticos catalanes". Artur Mas, alias "el Astut", ya nos dio buena prueba de ello escondiéndose detrás de los voluntarios del 9-N, y desplazando hacia ellos toda responsabilidad. Sin embargo, él y sus dos compinches directos, Rigau y Ortega, van a tener que responsabilizarse de más de 5 millones de euros, públicos, TIRADOS en ese teatro, en ese fraude, popularmente conocido como "butifarréndum" que se desarrolló el 9 de noviembre de 2014 y que NO SIRVIÓ PARA NADA.
Quienes sobre todo tendrían que celebrar el día de hoy, 18 de julio, son la izquierda y el catalanismo. Celebrar y agradecer como hacen con los padres los buenos hijos.
En su extenso, ocasionalmente lírico y políticamente ambicioso discurso ante las dos Cámaras reunidas en Congreso en el fastuoso marco de Versailles, Emmanuelle Macron se refirió en varias ocasiones al "principio de realidad" y al hecho inevitable de que la acción pública no puede ignorarlo, salvo que desee acabar en el fracaso o, lo que es peor, en el ridículo. Desde esta perspectiva freudiana en la que el principio aludido por el Presidente francés se contrapone al principio del placer, el Gobierno separatista de Cataluña, la mayoría parlamentaria –que no social– que lo sustenta, los medios domesticados que lo jalean y las diversas asociaciones satélite generosamente subvencionadas que pastorean las multitudes rugientes, están poseídos por la embriaguez del segundo de ellos. Este frenesí neurótico les aparta, efectivamente, del mundo tangible, y les impide advertir no sólo las consecuencias de sus actos, sino la absoluta inviabilidad de su absurdo empeño.