El caso de don Plácido Domingo, del que sigo convencido que no hay caso alguno, y que todo es un montaje de personas amargadas, marginadas profesionalmente, o de viejas histéricas como Karmele Marchante, que hay que estar pero que muy necesitado para querer algo con ella…, evidencian una vez más el supremacismo femenino, y los intentos de imponer su santa voluntad por encima de la Constitución y las leyes, la presunción de inocencia, etc.
Hasta el más progre de los progres vigila su cartera cuando está haciendo cola, guarda su dinero en el banco, comprueba que ha cerrado el coche cuando lo deja aparcado y activa la alarma de su casa por la noche, si es que la tiene instalada. Y, ¿esto por qué es? Porque el ser humano lleva impreso en el ADN el concepto de proteger lo suyo. Lo nuestro es nuestro y que tenga mucho cuidadito quien lo amenace, ya que quien lo haga padecerá toda nuestra furia. Conste que el progre que niegue esto lo negará de cara a la galería, como siempre pasa con los progres, ya que las pautas de conducta tendentes a la posesión y a defender lo de uno no entienden de ideología, es decir, son comunes a todos los seres humanos y no humanos. ¿Es esto egoísmo? Sí, egoísmo inevitable.
No hace mucho, el Presidente de la Generalidad catalana, Quim Torra, se paseó por la capital de España, por la capital del país que le mantiene, para amenazarnos a todos, en caso de que la sentencia del Tribunal Supremo que juzga el amago de referéndum del 1 de octubre, sea condenatoria. La amenaza consistió en el anuncio de la comisión de un delito, en tomar las calles y volver a repetir todo aquello por lo que ahora están siendo juzgados.
Las amenazas son una cosa muy seria que no deben tomarse a la ligera. Los distintos gobiernos de España, han sido los máximos responsables de haber llegado hasta aquí, de haber consentido y tolerado la corrupción generalizada en Cataluña, del ladronicio continuado de la familia Pujol, de un estado autonómico, que tiene como finalidad ultima la creación de una federación de mini estados que conformen España. El problema de esta país, que se da ahora en Cataluña, en menos de veinte años, lo tendremos en Galicia, Andalucía o Valencia. El propio estado español, asiste como testigo mudo, como espectador privilegiado a su auto destrucción.
El régimen autonómico surgido de la Constitución del 78, ponía el reloj en marcha de la desaparición de España tal y como la conocemos. Llama poderosamente la atención, como seguimos no queriendo ver el problema, como seguimos hablando de temas que en el fondo son secundarios, ante la gravedad de estar en peligro nuestra propia existencia. No queremos tomar las medidas correctoras necesarias para poner fin a la amenaza secesionista, muy por el contrario, nos reímos de las amenazas y permitimos que la soberanía nacional sea puesta en duda de forma continua por los aldeanos periféricos que son los separatistas. Quim Torra, con sus palabras, ha declarado la guerra a España y como tal, se debe actuar. No podemos consentir que la máxima autoridad del estado español en Cataluña, ponga en jaque la unidad de España, anuncie que no respeta las decisiones judiciales y que piensa delinquir, en caso de que alguna sentencia no le guste. La palabras de Torra, son lo suficientemente graves como para que este sea destituido de forma fulminante y se suspenda la autonomía catalana cuanto antes. Solo con un golpe de autoridad claro y contundente, conseguiremos parar el nuevo golpe de estado que desde el separatismo catalán, se nos anuncia con antelación.
Todo, absolutamente todo lo que suceda a partir de este momento, referente a esta cuestión, será responsabilidad del gobierno de Pedro Sánchez, del gobierno del partido socialista. La historia parece que se repite, pero con el agravante de haberlo vivido antes. No servirá como atenuante el alegar desconocimiento sobre una situación desconocida. Quim Torra no engaña a nadie. No obedecerá resoluciones judiciales, cosa poco novedosa en la Generalidad deCataluña, y tomara las calles, poniendo a su disposición, todos los recursos que el estado español le ha dado. España tiene la obligación de defenderse, de mantener su soberanía y sobre todo y muy importante, de mantener su integridad.
España está ante sus horas más bajas, con una clase política mediocre y más preocupada en cargos y sillones, en sus intereses particulares y prebendas, que en hacer frente al desafío secesionista. Quizá es que esa misma clase política sea connivente y cooperador necesario con el independentismo, con aquellos que desean romper España. No es momento de tibiezas ni componendas, es momento de fortaleza y de dejar bien claro que esto no se toca. El modelo autonómico nos conduce de forma irremisible a nuestra desaparición. Cuanto antes sentemos las bases de su desmantelamiento, antes podremos evitar males mayores irreparables.
Hace tiempo que muchos españoles tienen la sensación de que su país va en mala dirección. Problemas hay en todas partes, por supuesto, y si dirigimos la vista alrededor el panorama no es precisamente alentador, Francia con sus chalecos amarillos, Italia y su crónica inestabilidad política, Alemania y su preocupante ascenso de los neonazis, el Reino Unido y su 'brexit', y así podríamos seguir. Sin embargo, en nuestro caso hay un factor que no se da en nuestros vecinos y socios de la UE y que consiste en que los males que nos aquejan presentan un componente extraño que nos desazona especialmente y que a bastantes habitantes de la piel de toro nos hace sentir algo idiotas.
En este mismo momento, varios cientos de miles de jóvenes españoles están trabajando en empresas y despachos profesionales, pero oficialmente no son trabajadores, sino “becarios”, en la mayoría de los casos, falsos becarios.