Después de siete meses apartado del servicio como "castigo" a un artículo en el que defendía la unidad de España amparado en la Ley de Derechos y Deberes del Militar de Carrera, hemos llegado al paso más difícil del camino que "juntos" hemos emprendido. Y llamo castigo a las correcciones que se reservan para faltas, si la hubiere, que pueden ser aplicados por un superior sin intervención de la administración de justicia a la que parece nos vamos a ver abocados por incumplimiento del Reglamento de vacantes y destinos: este marca taxativamente que un militar profesional no puede estar más de seis meses en situación de "pendiente de adquisición de destino".
Me hace muchísima gracia oír a todos esos progres de salón (los mismos que se jactan a todas horas y permanentemente de ser de izquierdas pero viven arropados por la Visa Oro y el abogado de papá) repudiar sistemáticamente y por costumbre todo aquello que les huela o tenga relación alguna con actos o liturgias derivadas de la religión cristiana. En los últimos tiempos, parece de lo más chic entre los titiriteros del sistema tildar todo lo relacionado con el catolicismo de arcaico, anticuado, caduco y, en algunos casos si me apuran, hasta mojigato. Reconocer nuestra cristiandad, hoy por hoy, parece que no viste. No es fashion. Expresar públicamente nuestra fe católica, no está de moda.
A raíz de la polémica suscitada en Internet y redes sociales sobre el 'Casting Televsión Santa Locura' convocado por la agencia MD Management, filial de nuestro grupo de comunicación, encargado de la organización y gestión de eventos y representación artística, la Dirección editorial de Mediterráneo Digital quiere puntualizar públicamente mediante comunicado oficial, para que así conste a todos los efectos que:
Considero que no es necesario ser jurista, para emitir una opinión cualificada sobre un asunto de tan vigente actualidad como es el derecho de manifestación, máxime si tenemos en cuenta que en no contadas ocasiones, los expertos que debaten sobre la materia otorgan resoluciones sobre el tema tan peregrinas e inexplicables al sentido común que resultan incomprensibles para del común de los ciudadanos. Por eso, mi aproximación a la cuestión va a intentar sostenerse con la legislación española vigente, sobre derecho comparado y una generosa dosis de coherencia.
En las últimas semanas, cientos de inmigrantes de origen subsahariano han protagonizado varios intentos de entrada a Melilla y a Ceuta en distintos grupos, algunos de los cuales se han encaramado a la valla desde donde lanzaban gritos como «España, España» o «Libertad», según han informado a Efe fuentes policiales.
Se calcula que, la semana pasada unos 400 inmigrantes lo han intentado por una zona, situada entre Villa Pilar y el CETI, mientras que otros 300 lo han intentado también por las inmediaciones del paso fronterizo de Beni Enzar.
Aparte de la natural indignación por la irresponsabilidad, deslealtad y mendacidad que comporta, el proyecto de los separatistas catalanes empieza a producir un cierto hastío. Una vez más, y ya van incontables, se reabre la cuestión de una financiación singular y privilegiada para Cataluña dentro del Estado autonómico, y de nuevo el Gobierno central lanza mensajes de que está dispuesto a hablar del asunto mientras el Partido Socialista por su parte reclama un diálogo constructivo. Todo parece apuntar a que el inminente debate en el Congreso sobre la petición del Parlamento catalán de que le sea transferida a la Generalitat la competencia de convocar referendos, será la ocasión para que se abra la puerta a esta solución. Pero es aquí donde surge incontenible una agobiante sensación de fatiga.
El que fue presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, abrió el debate autonómico de 2004 con las siguientes palabras: "Cataluña es una nación; quisiera que de tan natural, esta expresión dejara de enojar a unos y de sobreexcitar a otros". Esa actitud no es patrimonio exclusivo de nuestra cuestión territorial; según Gellner"el nacionalismo suele considerarse a sí mismo como un principio manifiesto y evidente que es accesible a todos los hombres y que sólo violan algunas cegueras contumaces, pero de hecho debe su capacidad de convicción tan sólo a un conjunto de circunstancias muy concretas que se dan hoy, pero que han sido ajenas a la mayoría de la humanidad y la historia". Lejos de toda evidencia palmaria de la reivindicación nacionalista, lo cierto es que, continúa, "el nacionalismo, el principio que predica que la base de la vida política ha de estar en la existencia de unidades culturales homogéneas y que debe existir obligatoriamente unidad cultural entre gobernantes y gobernados, no es algo natural, no está en el corazón de los hombres y tampoco está inscrito en las condiciones previas de la vida social en general"; tales aseveraciones, concluye Gellner, "son una falsedad que la doctrina nacionalista ha conseguido pasar por evidencia". (Ernest Gellner, "Naciones y nacionalismo", Alianza Editorial, Madrid, 1988). Por eso resulta tan complicado definir a las naciones: porque, aunque "la característica principal de esta forma de clasificar a los grupos de seres humanos es que (...) los que pertenecen a ella dicen que en cierto modo es básica y fundamental para la existencia social de sus miembros, o incluso para su identificación individual", la verdad es que "no es posible descubrir ningún criterio satisfactorio que permita decidir cuál de las diversas colectividades humanas debería etiquetarse de esta manera". (Eric J. Hobsbawm, "Naciones y nacionalismo desde 1780″, Editorial Crítica, Barcelona, 1992).