La negación de la política

Se supone que los políticos tienen en la cabeza un determinado modelo de sociedad elaborado a partir de la experiencia histórica vivida o estudiada en los libros, de un conocimiento riguroso de los mecanismos de funcionamiento de la economía, es decir, del entorno normativo, fiscal y laboral óptimo para crear valor añadido y empleo, y de unas convicciones morales sustentadas en un sistema de valores derivado de una concreta visión antropológica. A partir de aquí se espera de ellos que lo expongan de forma sistematizada y clara y que demuestren capacidad de convicción con el fin de conseguir el apoyo de sus conciudadanos en las urnas. Su objetivo debería ser la consecución del poder para plasmar en leyes y medidas de gobierno, su idea de la buena sociedad, proporcionando así a sus administrados bienestar, progreso, seguridad, justicia y prosperidad. Por supuesto, el poder no sería visto por semejante tipo de político como un fin en sí mismo, sino como un medio para llevar a la práctica lo que consideran mejor para su país. Ni que decir tiene que la honradez más acrisolada sería su divisa y la preservación del interés general su regla de conducta habitual. Su interacción con los votantes sería permanente y se esforzaría sin descanso en explicar los motivos de sus decisiones de manera transparente ganándose así la confianza de los electores, que le profesarían respeto y afecto. Las técnicas de comunicación en ningún caso se utilizarían para manipular datos, excitar bajas pasiones, despertar odio o división o conseguir adhesiones emocionales acríticas. Por el contrario, su propósito se centraría en hacer entender el funcionamiento de las instituciones, el verdadero origen de los problemas y la bondad de las soluciones requeridas. El discurso de este hipotético político ideal iría dirigido a estimular lo más alto y noble de la naturaleza humana y a amortiguar o neutralizar los instintos destructores que todo hombre alberga en su interior.


















