La dimisión de Pedro Sánchez ha provocado una ola de solidaridad entre los líderes políticos españoles. La caída de la poltrona resulta dolorosa para todos y aquellos que apoyan públicamente a Castejón, lo hacen como un gesto forzado mientras ponen en remojo su barba ante la amenaza de esquila que se presenta en sus propias carnes.
Se me ha ocurrido una idea para completar la brillante y muy necesaria iniciativa que la CUP ha tenido de sustituir el monumento a Colón por uno que sea un homenaje a los indígenas.
Juan de la Cierva, ministro de Gobernación con Maura, explica en sus memorias (redactadas en Biarritz durante su exilio de 1931) que el Gobierno español colocó la etiqueta de "separatista" a la revuelta de la Setmana Tràgica para cortar de raíz la simpatía que aquel alzamiento contra la guerra de Melilla podía despertar en movimientos, sindicatos y partidos de izquierdas. La cita es textual: "Si el resto de España creía que el movimiento era separatista, bastaría para que el patriotismo se impusiera a todas las otras aspiraciones y pasiones. Y acerté, porque la prensa de izquierdas de todo el país puso freno a sus campañas y tan sólo se pensó en la necesidad de combatir aquel criminal intento". Así fue, y Catalunya se quedó sola, tanto durante la revuelta como después, cuando la represión provocó centenares de detenidos, exilios forzados y sentencias de muerte, como la que se aplicó, a pesar de la protesta internacional, al pedagogo Francesc Ferrer i Guàrdia.
A veces, cuando se trata de describir la existencia de dos corrientes de pensamiento en el seno de una misma fuerza política se habla de que un determinado partido tiene "dos almas".
Cuando Felipe González subía a los escenarios de España proclamando la necesidad de un cambio político en nombre de los más desfavorecidos, nunca imaginó que apenas unas décadas después, con la llegada del nuevo siglo, su chaqueta de pana con coderas sería considerada como el principal símbolo de la casta rancia socialista.