Ni pensamiento único ni disparate

Un fantasma recorre no sólo Europa, sino el mundo, y se llama populismo. Es un fenómeno político, social y estético de trazas inquietantes, proteico, con erupciones incontrolables a la derecha y a la izquierda del mapa ideológico, rupturista, iconoclasta, irracional, abrupto e incompatible con las buenas formas. Sus líderes son personajes variopintos, hombres y mujeres de lenguaje reacio a los matices, provocadores a conciencia, sin tabús ni prevenciones, jugadores de todo o nada, agitadores de bajas pasiones, jinetes de emociones primarias, emisores sin rubor de mentiras flagrantes, de egos gigantescos y prudencia mínima. Donald Trump, Pablo Iglesias, Nigel Farage, Geert Wilders, Marine Le Pen, Nicolás Maduro, figuras broncas, rupturistas, adánicas, que bucean en las zonas oscuras y viscosas del inconsciente de sus conciudadanos pulsando registros ocultos e inconfesables para transformarlos en votantes de sus proclamas delirantes. Cuando un candidato a gobernante en una democracia hace promesas imposibles de cumplir o presenta programas irrealizables caben dos posibilidades, que esté representando un show para consumo de gentes tan indignadas que la irritación les nubla el entendimiento, para una vez en el poder moderar sus planteamientos y actuar con sensatez, como parece que va a suceder en Estados Unidos tras la victoria del lenguaraz magnate inmobiliario que se dispone a ocupar el Despacho Oval, o que realmente abriguen la intención de llevar adelante sus proyectos destructivos y provocar un daño irreversible, como ha sucedido en Venezuela y sin duda le depararía a España una victoria de Podemos.


















