Hacer y convencer

La política en sociedades democráticas, se ha repetido hasta la saciedad, es en buena parte comunicación. La razón es simple y también es de sobras conocida: cuando los gobiernos dependen de la opinión, hay que conseguir que ésta se encuentre a favor del gobierno o de lo contrario las elecciones se pierden y el poder cambia de manos. Por consiguiente, la capacidad de comunicar eficazmente es una cualidad altamente apreciada en los candidatos a puestos de responsabilidad pública que han de pasar la prueba de las urnas. Se ha visto incluso como gobernantes dotados del suficiente carisma y dotes para la seducción de las audiencias compensan con estas virtudes una gestión deficiente y el Presidente Obama ha sido un arquetipo de este fenómeno. Un desconocido senador de Illinois, sin apenas experiencia en puestos relevantes y ajeno al establishment de Washington, consigue con su encanto personal y sus dotes oratorias convertirse en el hombre más poderoso de la tierra durante dos mandatos consecutivos contra todo pronóstico inicial. Después, las grandes expectativas levantadas por semejante derroche de magnetismo y de discurso inspirado han quedado en muy poco, pero se ha demostrado una vez más que el arte escénico puede compensar la ineficacia o la carencia de proyecto a la hora de alcanzar la cúspide de la pirámide institucional.


















