La utopía del centro político en España
"Hay encrucijadas tanto en nuestra propia vida personal como en la historia de los pueblos en las que uno debe preguntarse, serena y objetivamente, si presta un mejor servicio a la colectividad permanecido en su puesto o renunciando a él"
Del discurso de dimisión de Adolfo Suárez, 29 de enero de 1981
Resurge y vuelve a copar pleno protagonismo estos días en el panorama informativo el sempiterno debate sobre la socarrada y bastamente perseguida refundación del centro político en España. Los nostálgicos suaristas (que no son pocos) ven entre un abanico de siglas contemporáneas la posibilidad de recuperar su espacio parlamentario natural camino a la idealizada y nunca plenamente consensuada Tercera Vía o segunda transición democrática de nuestra historia más reciente.
Reflexionábamos y hacíamos especial hincapié hace pocas horas y desde esta misma redacción en la también aquí presente intrínseca y endémica fragmentación existente dentro de un popurrí de logos que, más allá de los sempiternos PP y PSOE, asola como metástasis a toda la clase política estatal.
Y es que si en otras esferas ideológicas a estas alturas el voto está absoluta e innegablemente disgregado en multitud de formaciones con muy semejantes postulados (el caso de los identitarios o la mal llamada 'extrema derecha' es el ejemplo más claro de la sangrante fragmentación actual de listas), el espectro general del centrismo en nuestro país no le va tristemente a la zaga.
Decir aquí y sentar cátedra con aquello no por socarrado menos obvio de quelas grandes elecciones se ganan siempre por el centro no nos atribuiría pocos méritos más que los postulados de cualquier manual básico de ingeniería política.
Afines militantes a los dos gigantes mediáticos de nuestro país, PP y PSOE, se agrupan en un colectivo de voto inmovilista incapaz por sí mismo de decantar las grandes mayorías que, como el pasado 20N, se copan y se ganan desde un electorado oscilante, indefinido, ideológicamente en el centro y que decanta su papeleta en función de la hipotética y transitoria situación actual.
En la España de hoy, atacada por sus peores datos de paro y desafección social desde los años de posguerra, ¿es posible a estas alturas el resurgimiento de una gran fuerza de centro que sea capaz de hacer sombra y acabar de una tacada con el bipartidismo y el eterno binomio entre PP y PSOE? ¿Quedará la UCD de los tiempos de Adolfo Suárez como un tótem ideológico inalcanzable o es realmente posible insuflar sabia nueva con los aires del idéntico espíritu de la transición?
Los endémicos personalismos, los paupérrimos afanes de protagonismo, tan presentes en nuestros pequeños aprendices de políticos como intrínsecos en la condición media del ciudadano español, afloran también aquí con absoluta y desatada virulencia para evitar la por muchos temida unión de fuerzas definitiva de las fuerzas de centro estatales.
¿Cómo queremos arreglar y sacar la cabeza a nivel de votos, auparnos a nivel europeo, imponernos como una única y fuerte alternativa frente a aquello que criticamos por activa y por pasiva de la casta política podrida y parasitaria si, en ninguno de los casos, somos simplemente capaces de ponernos de acuerdo en remar todos a la vez y hacia la misma orilla? ¿A quién o quienes queremos convencer si, a la hora de la verdad, no tenemos la valentía y el mando capaz para acallar disputas y sembrar concordia dentro de nuestra propia casa? ¿Somos todos tan infinitamente tontos y egoístas que nos empeñamos por activa y por pasiva en ponernos palos en nuestras propias ruedas?
España sigue a la cola de nuestros vecinos europeos en niveles de desempleo, bienestar social, protección al débil o ayudas a sus conciudadanos, pero aflora otra vez la cabeza entre los líderes de egoísmo, personalismo, afán de protagonismo y aquello tan típico que nos recuerda el siempre sabio refranero castizo de que "ande yo caliente, ríase la gente". En esta y en muchas otras cosas.
Al final, nuestra democracia no es más que el reflejo de la propia esencia del pueblo español. Así nos va.












