La Constitución petrificada

El discurso del Rey Felipe VI en el Congreso con motivo de la solemne celebración del cuadragésimo aniversario de la vigente Constitución fue, como todos los suyos, impecable. Cada una de sus afirmaciones, de sus evocaciones, de sus reconocimientos, de sus imágenes y de sus llamamientos tuvo el exactamente medido equilibrio que se espera de un árbitro y moderador por encima de la confrontación partidista y se sitúo en esa altura inmarcesible a la que no llegan los crudos vaivenes de los avatares contingentes. Su prosa elegante, tersa y sintácticamente eurítmica se fue desgranando sobre su atento y respetuoso auditorio con la enérgica suavidad de la ortodoxia consagrada por la evidencia de la Historia. Hasta la turba podemita, estéticamente desubicada en su deliberado y pueril desaliño, se mantuvo en actitud respetuosa, limitando su fervor revolucionario y republicano a una impotente inmovilidad durante las ovaciones de los diputados y senadores al Soberano ejerciente, al Emérito y a los pasajes más hondos y rotundos de las intervenciones del Monarca y de la Presidenta de las Cortes.


















