España en caída libre

Un observador imparcial y riguroso al que se le pidiera que hiciese un informe sobre las posibilidades de nuestro país de jugar un papel relevante en el conjunto de las naciones del planeta, tendría que llegar a una conclusión francamente optimista. Un clima benigno, una variada belleza de paisajes, una esperanza de vida altísima, una muy rara ocurrencia de desastres naturales extremos, un patrimonio arquitectónico, monumental y artístico envidiable, una historia que jaspeada de luces y sombras irradia una asombrosa grandeza, una población plenamente alfabetizada, un índice de criminalidad reconfortantemente bajo, un porcentaje de ciudadanos con educación secundaria o superior satisfactorio, un número considerable de empresas, desde pequeñas y medianas a grandes corporaciones con un notable potencial de generación de riqueza y empleo, un PIB per cápita en paridad de poder de compra cercano a los 50.000 dólares (tres veces la media global), un sistema de protección social que cubre a la práctica totalidad de aquellos que lo necesitan y una lengua de dimensión universal con quinientos millones de hablantes nativos que abarca un continente entero. Pocos pueblos del mundo se han visto bendecidos con tantos y tan extraordinarios dones, que nos proporcionan a los españoles los elementos materiales y espirituales para articular un proyecto colectivo de éxito en condiciones de asegurarnos una continua prosperidad y una sociedad pacífica y estable en la que merezca la pena vivir.


















