'¡Sonreíd porque vamos a ganar!'; por Ricardo Ynestrillas

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Esa es la clave. La frase lanzada al ciberespacio por Arnaldo Otegi pone de manifiesto no una pretensión sino una actitud. Encarcelado, junto al resto de compañeros de causa, sigue manteniendo bien alta la moral de una victoria que le estamos regalando entre todos.

Por ella asesinaron y asesinan personas inocentes y desarmadas, por la espalda, a traición, volando por los aires en un supermercado o jugando en el patio de una casa-cuartel. Por ella, por su causa, políticos nacionales y políticos locales les rinden pleitesía y juegan con los réditos que aporta el mismo hecho de negociar ahora o encarcelar mañana.

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Los etarras sonríen...cuando no se desternillan ante los cuerpos mutilados y sangrantes de sus más inocentes víctimas, los niños, y casi siempre terminan, como De Juana, en paradero desconocido y "a carcajada limpia".

Y mientras, las hijas de Eguiguren y Otegi recogen, juntas y fraternas, en nombre de sus padres, el premio Gernika a la Paz y la Reconciliación. Y buena parte de la clase política, jurídica y mediática vasca, se rompe las vestiduras por la permanencia en prisión de quienes una y otra vez pretenden revitalizar a la serpiente etarra.

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Este país sigue siendo de coña y de locura. Desde que Josu Ternera ocupara un lugar en la Comisión de Derechos Humanos del parlamento vasco. Y desde mucho antes. Porque mientras unos matan y asesinan y mutilan y trafican con armas y con drogas, en nombre de una inexistente Patria Vasca, los otros, los ejecutables, sus potenciales víctimas, o sea el resto, se esfuerzan en lamerles el culo cediéndoles terreno, concediéndoles prebendas, haciéndoles homenajes y tratándoles con una dignidad que jamás se han ganado en su cobarde lucha.

Esa España inferior que ora y bosteza, vieja y tahúr, zaragatera y triste, como dijera Machado, que adolece de un terrible trastorno de identidad disociativo y que ha perdido el rumbo de lo que alguna vez fue, para su propia desgracia e inseparable avance de sus enemigos.

Frustrados los nobles deseos de justicia del pueblo español, constituye patético refugio el de ansiar la Justicia poética que culmina con tino la historia que ni estado ni hombres tienen el valor de acometer. La Justicia poética que nos cuenta que un reptil etarra, traficante de drogas y de almas, fue ajusticiado en Panamá sin el mínimo honor ni gastar una bala, cosido a puñaladas por la mano de Dios.