Jugar al póker con naipes españoles

Ocurre a veces en España que, pese al gran boom que el póker ha vivido en el país, uno acude al cajón de su casa donde se supone que las barajas francesas deberían estar y no es capaz de encontrar ni la primera. Y eso que uno puede llegar a ver una, dos, tres, quién sabe si miles de barajas de naipes españoles que llegaron como publicidad del banco, del estanco o de vete tú a saber lo qué. Pero, en cambio, esa baraja francesa que fue específicamente comprada para echar la partida de póker con los amigos, pues nada, ni señales de vida siquiera.
Y es que en España, que sufre de un claro superávit en el número de barajas españolas por habitante, debería inventarse un sistema que permitiese desviar a alguno de estos veteranos y muchas veces olvidados grupos de cartas que se han visto desplazados de los tapetes con el furor que en los últimos años ha arrastrado el póker. Además, hasta los mismos ochos, nueves y dieces encontrarían una razón para su existencia en el póker, toda vez que fueron eternamente marginados en la escoba, el tute, el mus o cualquier otro juego de cartas español.
Porque, reconozcámoslo, el que diga que no se puede jugar al póker en cualquiera de sus modalidades con unos naipes españoles está mintiendo como un auténtico bellaco. Salvo los dibujos, cualquier otra cosa hace que ambas barajas sean simple y llanamente lo mismo: diez números del uno al diez y tres figuras, el rey o K, el caballo o Q y la sota o J. Por lo tanto, cualquier combinación que es posible y forma parte de las reglas del póker, es también de fácil cumplimiento con cualquier baraja de naipes que, obviamente, aún siga conservando consigo los susodichos ochos, nueves y dieces.
Luego, claro, pueden estar los puristas, que si este palo el otro día eran corazones y ahora son tréboles y ahora no me entero y esto no es serio y por eso pierdo, que si esta forma de jugar crea confusión y me confundo los palos y por eso pierdo, y etc., etc. Pues bien, desde aquí incluso proponemos nuestra propia equivalencia entre los palos de la baraja española y los naipes franceses, una especie de tipo de cambio euro-dólar pero con el que esperamos dejar cero dudas al respecto de las parejas hispano-francesas.
Quizás el más claro sea el par trébol-basto, simplemente porque ambas son los dos únicos palos, cada uno en su baraja, que tienen una relación directa con la naturaleza. El primero al ser una planta y el español porque es, como todo el mundo sabe, un cacho de madera. Luego, quizás, la lógica nos llevaría a unir la pica gracias a su carácter puntiagudo con las espadas y, también, los diamantes con los oros, símbolos ambos de riqueza económica. Por último quedaría por explicar la relación entre los corazones y las copas, y aunque aquí la analogía es más complicada y va como que pillada por los pelos, siempre podemos decir que mientras los franceses son famosos a nivel mundial por su toque romántico, por ser la patria del amor, los españoles lo somos por lo que lo somos.












