Se disparan en toda España las urgencias por los daños del eclipse
Durante unos minutos de la tarde de este miércoles, 12 de agosto, buena parte de España hizo algo poco habitual: mirar al mismo sitio y casi al mismo tiempo. La Luna se interpuso entre el Sol y la Tierra y dejó una franja de oscuridad que atravesó la Península de oeste a este, desde Galicia hasta el Mediterráneo. Era el primer eclipse total de sol visible desde la Península Ibérica en más de un siglo, un acontecimiento que había generado meses de expectación y que llegó, además, con el Sol ya muy bajo sobre el horizonte.
Pero junto a la fascinación hubo una advertencia repetida casi hasta la saciedad durante las semanas previas: no había que mirar al Sol sin la protección adecuada. Administraciones, oftalmólogos y sociedades científicas insistieron en el uso de gafas específicas homologadas y alertaron contra soluciones improvisadas como gafas de Sol convencionales, radiografías, cristales ahumados o cámaras y prismáticos sin filtros adecuados. La propia Comisión Interministerial para el Trío de Eclipses había publicado en mayo una guía de recomendaciones para observar el fenómeno de forma segura. (ciencia.gob.es)
La preocupación no era exagerada. Observar directamente el Sol puede provocar retinopatía solar, una lesión de la retina que puede afectar a la visión central y, en determinados casos, dejar secuelas permanentes. Uno de sus problemas es que el daño no tiene por qué advertirse inmediatamente: algunos síntomas visuales pueden aparecer horas después de la exposición. Servicios de Oftalmología como el del Hospital General de Valencia llevaban semanas recordando que la prevención era la principal herramienta para evitar estas lesiones.
El riesgo ocular, unido a las enormes concentraciones de personas previstas en algunos puntos de observación, hizo que el eclipse no se preparase únicamente desde los observatorios astronómicos. También se reforzaron los dispositivos sanitarios y de emergencias. Por ejemplo, en Baleares, el Govern reforzó el dispositivo con hasta 160 profesionales adicionales en Atención Primaria, hospitales y SAMU 061, además de ampliar la cobertura de Oftalmología ante posibles lesiones derivadas de mirar al Sol. Del mismo modo, en Castilla y León se movilizaron 312 profesionales de Atención Primaria, 87 de ellos de refuerzo, además de ambulancias, helicópteros y servicios de Urgencias hospitalarias.
Con semejante preparación y semanas escuchando advertencias sobre posibles daños en la retina, la pregunta era inevitable una vez que volvió la luz: ¿qué pasó realmente en las urgencias?
La primera respuesta es bastante menos dramática de lo que podía esperarse. Manuel Pons, médico de emergencias y miembro de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEMES), pide comenzar con cautela. Lo que cuenta no es un recuento exhaustivo de todos y cada uno de los hospitales españoles. Su impresión procede de los distintos puntos y servicios sobre los que, como miembro de la sociedad, ha podido recabar información. “No es fácil hacer una estimación a nivel general de todos los hospitales de España”, señala. Sin embargo, “por lo que he podido saber en los puntos que he consultado”, el balance inicial es tranquilizador: “Ha transcurrido sin incidencias graves en los hospitales”.
Tampoco los dispositivos de atención prehospitalaria especialmente preparados para las concentraciones de personas registraron, según la información que maneja Pons, situaciones relevantes. “Tampoco ha habido incidencias destacables y transcurrió con bastante normalidad”, explica. Su resumen es rotundo: “No ha habido nada que destacar en general”.
¿Más consultas oculares por sugestión?
Eso no significa que el eclipse pasase completamente inadvertido por los servicios de Urgencias. Sí hubo más consultas relacionadas con los ojos de las que suelen producirse habitualmente. Lo llamativo es lo que ocurrió después.
Según Pons, acudieron pacientes porque habían empezado a notar alguna molestia ocular y la sospecha de los efectos del evento de la tarde estaba presente. Sin embargo, tras ser valorados, esas molestias “no estaban relacionadas finalmente con el eclipse”.
Es decir: existió la sospecha del paciente, pero no se confirmó la lesión provocada por la exposición solar en los casos de los que Pons ha tenido conocimiento.
¿Y en el aumento de consultas oculares pudo influir la sugestión? Con los datos disponibles no puede afirmarse que esas personas acudieran a Urgencias por un efecto de esta influencia, y tampoco existe por ahora un estudio que permita atribuir a ese fenómeno psicológico las consultas registradas tras el eclipse español. Pero la literatura científica sí ha demostrado que las expectativas y las advertencias sanitarias pueden influir en la forma en que interpretamos síntomas que ya estamos sintiendo.
Un ejemplo especialmente interesante por producirse precisamente en un servicio de Urgencias fue publicado en Frontiers en 2024. Investigadores del Hospital Universitario de Essen, en Alemania, estudiaron qué ocurrió después de la intensa cobertura mediática sobre los rarísimos casos de trombosis venosa cerebral asociados a la vacuna de AstraZeneca contra la Covid. El dolor de cabeza había sido difundido como uno de los síntomas de alerta. Durante las cinco semanas posteriores a las primeras noticias, las consultas a Urgencias por cefalea aumentaron un 171,7% respecto a las cinco semanas anteriores y las visitas totales a aquellas urgencias neurológicas crecieron un 32,1%. Los autores plantearon que las expectativas negativas y el llamado efecto nocebo pudieron contribuir al incremento.
Otros experimentos han mostrado un fenómeno parecido. En un estudio sobre supuestos efectos de señales wifi, participantes fueron sometidos a una exposición simulada después de ver información sobre sus posibles riesgos para la salud. Más de la mitad comunicó síntomas que atribuyó a aquella exposición inexistente, y la información alarmante aumentó la probabilidad de atribuir esos síntomas a la falsa señal especialmente entre personas con mayor ansiedad previa.
Esto no significa que las molestias sean inventadas. El mecanismo es más sutil: una persona puede tener un síntoma real —escozor, dolor de cabeza, visión cansada o cualquier otra sensación— y, después de recibir mucha información sobre un riesgo concreto, prestarle más atención o atribuirle una causa que finalmente no es la correcta.
Y existe incluso un precedente específicamente relacionado con eclipses. Un estudio publicado este mismo año analizó las visitas a servicios de Urgencias estadounidenses alrededor del eclipse total del 8 de abril de 2024. Los investigadores contabilizaron 853 consultas por lesiones oculares en el periodo anterior y 921 después, pero la diferencia no resultó estadísticamente significativa. Su conclusión fue que, pese al temor a un aumento de lesiones, no se había producido un incremento significativo de las urgencias por dolor ocular o fotoqueratitis tras el eclipse. Los autores apuntaron a que las campañas de prevención pudieron haber contribuido a ello.
Eso sí, el balance todavía es temprano. Algunas lesiones de la retina pueden manifestarse de manera diferida, razón por la que algunos dispositivos sanitarios habían previsto mantener la vigilancia oftalmológica durante los días posteriores al eclipse.
Un hombre se queda ciego al mirar el eclipse y grita: «¡Pedro Sánchez, hijo de puta!»












