La violencia por ideas ha acrecentado la humanofobia

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La humanofobia, el miedo al hombre, al ser humano, del que ya he hablado en numerosas ocasiones, ha aumentado debido a la intolerancia o nulo respeto a quien piensa diferente. Va acompañada de multitud de síntomas, desde un estado de alerta obsesivo y repetitivo que angustia al límite, hasta paralización, hipotonía en brazos y piernas, acompañado de hormigueo y mareo, además de agorafobia y huida hacia la casa, un entorno seguro.

Se rompen relaciones y amistades que olvidan al ser humano libre y se centran en la idea, la idea fanática que no entiende de razonamientos ni lógicas. Mucho menos de respeto.

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La descalificación, la calumnia, la tergiversación y el insulto son las armas, muy lejanas a la democracia, que usan cual capricho infantil o pataleta cuando el resultado no es el que egoístamente desean. Elucubraciones, salidas de la realidad, o sea, las patologías que tanto dañan a uno mismo y a los demás. Las agresiones verbales se suceden en el trabajo, en la sociedad, en todos los ámbitos, incluso los privados e íntimos.

Es tal el daño que hacen estos ataques de unos y otros que no basta el silencio en redes ni bloquear a quien no respeta tu ideario y libertad, sino que se generan miedos, temores, desconfianzas como si de una auténtica persecución se tratara.

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Hay una sociedad que difama patológicamente enferma y autoritaria pero que crea patología y enfermedad en una sociedad sana y de valores, que lucha por una verdadera armonía y equilibrio, donde el ser humano en igualdad y sin discriminación, ya sea hombre, mujer, niño, anciano sea pieza clave y con derechos fundamentales que deben cumplirse.

Vemos masas de gente cual secta, que siguen las directrices de un cabecilla que ejerce control mental sobre las mismas y van en manada sin saber a donde ni el motivo. No importa cortar caminos, no importa incendiar, no importa romper cristales porque hay que respetar su óptica pero el no respeta la tuya.

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Este miedo, me cuentan en consulta, a que tu vayas a la calle y te veas inmerso sin desearlo en violencia y agresividad se traduce en pesadillas e insomnio, en apatía, desgana, depresión.

El espectáculo que están contemplando también niños genera patrones violentos de conducta, nada educacionales, porque el niño es una esponja que imita lo que ve, que va a tener muy poca tolerancia a la frustración, que podrá ser un niño con síndrome del emperador que impone normas a sus padres, tutores o entorno.

El cambio político es una guerra sin sentido y destructiva, una clara evidencia del basta ya de muchos, y deben aceptarlo por el bien común alejando la violencia, nula educación y fanatismo de unos pocos, con todo el peso de la ley para quien incite al odio y a la violencia. De lo contrario nos dirigimos a una guerra sin sentido y destructiva.

Pilar Enjamio. Psicólogo
Escrito para MEDITERRÁNEO DIGITAL