Trump, ¿dónde vas?

La historia, y la política, suelen castigar con dureza a quienes confunden sus deseos con la realidad. Resulta curioso observar cómo hay una situación que suele repetirse de manera cíclica. Imagino que de ahí viene el pensamiento de que “la historia se repite”. Y no es que se repita, es que los seres humanos acabamos por parecer meras fotocopias de originales lejanos, y más brillantes, visto lo visto…

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Esta situación es la típica del gran líder que, tras un recorrido triunfal, embriagado por el éxito y por un entorno que le anima, acaba creyendo ser el amo del tablero internacional y que siempre podrá manejarlo a su antojo sin que nadie oponga resistencia, una seria y verdadera resistencia. Donald Trump, tras su regreso a la Casa Blanca, en este 2026 parece personificar esta peligrosa postura, recordándonos lo dañino que es el poder sin límites ni equilibrios.

El núcleo del problema no es solo la agresividad actual de sus políticas, sino la desconexión con las consecuencias a largo plazo. Al intentar imponer una visión unidimensional en Oriente Próximo basada en el apoyo incondicional a los objetivos de Israel (el Gran Israel desde el Nilo hasta el Éufrates) y la presión máxima sobre otros (Irán), Trump ha encendido una mecha que tal vez nadie podrá apagar. La situación está muy clara si uno tiene ojos para ver: una Tercera Guerra Mundial de proporciones inéditas no sería una distopía, sino una posibilidad matemática si se ignoran las tensiones que la entidad sionista y su ejército apocalíptico mantienen para sus planes caiga quien caiga y si también se ignoran las otras potencias que ahora observan la escena, calculando.

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Lo irónico de esta situación es que Trump, sin saberlo, dentro de su espiral incomprensible de violencia planetaria, se ha convertido en lo que atacaba: miró al abismo y el abismo miró dentro de él... Durante años, el movimiento MAGA criticó (y sigue criticando gracias a figuras como Tucker Carlson) a los “liberales intervencionistas” por su ingenuidad al intentar exportar la democracia con golpes de Estado, dictaduras “aceptables” y bombardeos, ignorando las realidades históricas, culturales y económicas de cada rincón del mundo. Hoy, Trump comete el mismo error, pero en vez de ser un wokismo de izquierdas, es un wokismo de derechas: si los liberales son una seudorreligión moralista, MAGA ha degenerado en un corporativismo tecnócrata depredador.

La actualidad nos muestra un Oriente Próximo muy frágil, donde el poder estadounidense se ha mostrado como un coloso con los pies de barro. El esplendor de países como Dubái o Catar se terminó en pocos días con varios misiles iraníes bien disparados. El mito del Gran Israel se revela tan vivo como Netanyahu, nadie ya es capaz de verlo. Irán aprendió la lección del año pasado y se preparó para una puñalada trapera que tal vez no fue tan inesperada por ellos. La arrogancia occidental de creerse los mejores, ser un pueblo predestinado o elegido, se derrumba junto a la idea del progreso indefinido…

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Los intereses económicos ya no pueden moldear la realidad tan a su gusto como hace algún tiempo. La escatología basada en el judaísmo, o la basada en el islamismo, o la cristiana desde la perspectiva de ciertas tendencias protestantes, ahora mismo son las que dirigen la actualidad. El materialismo histórico está amortizado.

El riesgo para Trump es acabar como aquellos a quienes derrocó, siendo la víctima de su propia soberbia. La ideología liberal yanqui fue perdiendo el control del relato cuando la realidad de Irak o Libia se negó a seguir el guion escrito en Washington. Trump podría encontrarse en la misma posición de impotencia si su estrategia de “paz mediante la fuerza” desemboca en una serie de conflictos regionales que acaben por desestabilizar la economía global y provoquen una crisis que nos conduzca hacia la Tercera Guerra Mundial.

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La política exterior no es un arte de negociación inmobiliaria donde el más fuerte siempre gana. Es un ecosistema delicado. Si Trump insiste en subestimar la capacidad de respuesta de sus adversarios y la complejidad de Oriente Próximo, la historia no lo recordará como aquel transformador que cambió las normas, sino como otro líder más que, al igual que sus antecesores, creyó que el mundo iba a ser lo que él decía que sería, hasta que la sangre (de su gente) y el fuego (enemigo) le demostraron lo contrario.