La sangrienta impunidad sionista
El día 10 de noviembre de 1975 la Asamblea general de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 3379. Su título era “Eliminación de todas las formas de discriminación racial”. Ahí se podía leer que "la cooperación internacional y la paz requieren el logro de la liberación y la independencia nacionales, la eliminación del colonialismo y el neocolonialismo, la ocupación extranjera, el sionismo, el apartheid y la discriminación racial en todas sus formas, así como el reconocimiento de la dignidad de los pueblos y su derecho a la libre determinación". También "que el régimen racista en la Palestina ocupada y los regímenes racistas en Zimbabue y Sudáfrica tienen un origen imperialista común, forman un todo y tienen la misma estructura racista y están vinculados orgánicamente en su política encaminada a la represión de la dignidad y la integridad del ser humano", por lo cual esta Resolución de la ONU determinó “que el sionismo es una forma de racismo y discriminación racial”.
Más tarde, el 16 de diciembre de 1991, esta Resolución fue anulada por la 4686. Dicho movimiento fue apadrinado por el entonces presidente de los USA, George H. W. Bush, que aprovechó la nueva situación mundial: el bloque soviético y el movimiento de los Países no Alineados estaba en total descomposición. Incluso la todavía existente URSS votó a favor de “revocar la determinación que figura en su resolución 3379, de 10 de noviembre de 1975".
Que una ideología, sea cual sea, sea declarada un día como racista y discriminatoria, y que además dicha declaración tiene unos antecedentes bien fundamentados, y que al cabo tan solo de 16 años se anule dicha sentencia, solo tiene un nombre: poder.
Un cambio en el equilibrio de fuerzas propició que el sionismo quedara bendecido como una ideología normal y que el Estado de Israel pueda seguir haciendo lo que le venga en gana, respaldado por todo Occidente de una manera clara y rotunda. El presidente de los USA dijo sin tapujos que estaba satisfecho por el resultado, ya que la anterior Resolución “calificaba como ilegítimas las aspiraciones nacionales del pueblo judío y la existencia nacional de Israel. Esta acción también trabajaba para socavar la moral de la ONU, su posición y su capacidad para contribuir a la paz en el Oriente Próximo […] La votación de hoy ha mejorado la credibilidad de las Naciones Unidas y sirve a los intereses de la paz…”
Las Naciones Unidas no puede ser considerado un tribunal de justicia universal, ya que allí simplemente se impone quien tiene más poder y fuerza. Simplemente.
Tampoco debe extrañarnos: Las Naciones Unidas son solamente el reflejo de la ley de la jungla que gobierna al planeta. Nada de justicia ni derechos si no hay fuerza para imponerlos. Ni Gibraltar regresa a España, ni a los palestinos se les devuelven las tierras arrebatadas por los colonos judíos de origen europeo. Israel está armado hasta los dientes y su poder militar iguala y supera al de sus vecinos árabes.
Obviamente, se nos vende la imagen de un pobre pueblo nómada, castigado sin cesar por la historia, expulsado decenas de veces de decenas de países (curiosa unanimidad), que por fin halla una “tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”, poblada por beduinos semisalvajes… Y que además constituiría una especie de Muro contra el peligro musulmán, por supuesto.
Nada más lejos de la realidad. En 1948 fueron expulsados de sus casas casi un millón de palestinos. Sus pueblos y ciudades fueron arrasados. Fue la NAKBA. Hoy varios millones de personas no tienen patria y viven en campamentos de refugiados en diversos países árabes. Absolutamente todas las resoluciones de Naciones Unidas para su regreso han sido despreciadas por el régimen sionista. Y ahora resulta que esto no puede ser calificado como racista… Ya me dirán qué hacían unos “beduinos” en ciudades y casas de piedra de las cuales todavía guardan su llave.
El otro gran tema, que agrada mucho a nuestros racistas locales, es el tema del Muro, que entronca emocionalmente con la antigua mitología europea de las puertas y murallas que contienen a las fuerzas del mal. Recordemos las “Puertas de Alejandro”, una barrera legendaria supuestamente construida por Alejandro Magno en el Cáucaso para evitar que los incivilizados bárbaros (asociados típicamente en la Biblia con Gog y Magog) invadieran el mundo civilizado, o, más cerca de nosotros, las columnas de Hércules, que si bien no están para contener nada, marcaban un límite hacia lo desconocido.
Israel no es un Muro. ¿Cree alguien que sirve para contener algún movimiento migratorio masivo? Más bien es un elemento de inestabilidad, un resto de imperialismo anglosajón, ahora encarnado en un proxy judío que sirve de coartada moral, ya que ni siquiera tras la Segunda Guerra Mundial ningún país occidental quería acoger al “Pueblo Elegido” (otra curiosa unanimidad). No es un muro, es una atalaya. Como Gibraltar.
Y ahora el sionismo, tras la nueva carnicería contra la población civil palestina que malvive en Gaza, está logrando darle un nuevo empuje al mundo multipolar que se acerca inexorablemente: en Rusia, en Asia, en África, en Iberoamérica… miran horrorizados una sangrienta impunidad jaleada y legitimada vergonzosamente por Occidente.













