Le Pen, el pan
"Si sois fieles a Francia, si la amáis, si adoptáis sus leyes, sus costumbres, su lengua, su forma de pensar, en una palabra, si os integráis completamente en ella, no os negaremos ser de los nuestros, siempre y cuando haya una chispa de amor y no sólo un interés material en ello. Pero si sois fieles a vuestras raíces –que de por sí son respetables y que yo respeto–, si pretendéis vivir dentro de vuestras leyes, de vuestra propia moral, de vuestra cultura, entonces es mejor que volváis a casa, sino todo terminará muy mal".
Jean-Marie Le Pen, 1987
Hay seis millones de musulmanes en nuestro país. Sabéis que me condenaron a tres meses de prisión y veinte mil euros de multa por haber dicho que el día que hubiera veinte millones habría que bajar de las aceras y bajar la vista. En mis audiencias, ¿cuántas veces me han dicho: “¡Ya es así, señor Le Pen!”. (Año 2009)
Falleció Jean-Marie Le Pen tras una larga vida dedicada a la política y, con él, toda una época tanto en Francia como en Europa. Fue quien tuvo más éxito en el sector al que se encuadró con la etiqueta “extrema derecha” desde el final de la Segunda Guerra Mundial en nuestro continente. Fue el primero entre los “apestados”.
Se dice que, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. En este caso, un tuerto (tenía un ojo de cristal, recuerdo de la guerra de Argelia) no pudo ser rey en el país de los ciegos que es Occidente. Hace 40 años tuvo el atrevimiento de decir que el fenómeno de la inmigración masiva causaría graves problemas a su país: hoy se cumple el escenario que predijo. Inseguridad, violencia y miedo se apoderan poco a poco de las calles de las grandes ciudades europeas. Tal como decía la propaganda del Front National: “Jean-Marie dice en voz alta lo que todo el mundo piensa”. Y es que durante muchos años la izquierda liberal era la dueña absoluta del discurso cultural.
Un discurso centrado sobre todo en la superioridad moral, en el situarse de manera obsesiva en el “lado correcto de la historia”, mientras Francia (y el resto de los países europeos) se iban hundiendo cada vez más en la miseria, la crisis, la corrupción durante décadas. El Menhir (apodo de Le Pen) sin embargo se dedicó a algo que casi ningún político democrático hace: Política. Su país, Francia, necesitaba soluciones y él ofrecía recetas, no discursos bonitos, no excusas baratas. Acertada o no, su Política buscaba el bienestar de su pueblo, el pan…
Ya hacía años que por razones evidentes no participaba activamente en la actividad política. He dicho que con él se cerraba una época, concretamente la de los políticos vocacionales, como servidores públicos. Poco a poco éstos fueron siendo arrinconados en los extremos de la marginalidad en todas partes. El resultado es a todas luces evidente: desde los extremos crecen nuevas generaciones dispuestas al asalto del centro hegemónico liberal.
Decir las cosas tal y como son se considera extremista, desde hace demasiados años. Pero cada vez más personas, aquellas que temían hablar por no perder el pan, ya hablan más directamente. Es obvio que ya empieza a faltar el pan, y es difícil que los discursos puedan sustituirlo. Como una educación de calidad, seguridad en las calles o vivienda digna. El discurso moralista tendrá que ir cediendo, forzosamente, al discurso político.
Le Pen, sin duda, fue un puente necesario para que, aquellos que nos preocupa realmente nuestro país, su identidad, transitásemos con algo de esperanza durante una etapa de esta oscura época de decadencia y desintegración de todo lo nuestro.













