¿Izquierda en España?
España es esa nación donde nació Valle-Inclán, el rey del esperpento, y con razón. Recientemente hemos visto el desahucio de una anciana de 87 años de su piso, alquilado, en Madrid. Tras conocer más en profundidad los detalles de este desahucio, que implica una renta antigua de 400 euros en una zona que llega hasta los 3.000, con una inquilina que al parecer es hija de los que alquilaron originalmente el sitio, que no tiene o debería tener problemas económicos al haber sido funcionaria… No voy a entrar en el caso en sí, acerca de la legitimidad o justicia de ciertas situaciones concretas, sino en el esperpento castizo.
Ver a socios de izquierdas de un gobierno de izquierdas protestando e intentando evitar un desahucio legitimado por las leyes de ese gobierno de izquierdas, y haciendo buena, una vez más, la legislación franquista, me parece digno de una película de Berlanga. El chiste se cuenta solo: Ojalá gobernase la izquierda ¿verdad?
Entonces, viendo a la inesquivable Irene Montero encarándose con la policía al grito de “soy eurodiputada”, calco moderno de “usted no sabe quién soy yo”, me vino un pensamiento a la cabeza: Pero ¿hay o ha habido izquierda en España?
Y no me refiero a algo abstracto, sino muy concreto: ¿ha habido una izquierda española?
La respuesta es que sí, que la hubo, pero desapareció tras el final de la guerra civil española: el anarcosindicalismo. Fue un movimiento extenso, popular, culturalmente autónomo y verdaderamente antiburgués. Y, sobre todo, premarxista y antimarxista, anticomunista. El comunismo en España fue un injerto soviético que tuvo un momento de gloria, sobre todo en la oposición al franquismo, hasta que Carrillo terminó con él. El PSOE, la socialdemocracia bendecida por las élites, abandonó oficialmente el marxismo en 1974, de la mano de Felipe González. Que no les engañe el ritual de la Internacional y sobre todo los puños en alto: es para que no se les caigan los billetes.
Pero es que ni siquiera llegó el marxismo a España, llegó parcialmente, de tercera mano, desde traducciones incompletas del francés y reinterpretado por Paul Lafargue, yerno de Karl Marx. Sumemos a ello la influencia del krausismo en los centros educativos más progresistas de España en ese siglo XIX, una seudorreligión disfrazada de filosofía racionalista y bienpensante.
Los podemitas, los de Sumar y en general la izquierda oficial defensora de las marginalidades, woke, abrazainmigrantes, comeflores, son los herederos de esa izquierda que fue en un principio europea, pero ahora ya estadounidense: todas y cada una de las causas, debates, discursos e ideas que surgen en Washington o California desde los cenáculos demócratas, es automáticamente adoptada por ellos acríticamente. No es que ya no defiendan ideas o intereses españoles, es que simplemente defienden sus propios intereses, y modulan sus actuaciones y palabras en virtud de aquellos, y no del pueblo (o pueblos) que dicen defender. El problema, por supuesto, también lo tienen los votantes-hooligans, que votan a tal o cual color independientemente de lo que hagan o digan los “suyos”.
¿Y la derecha española? La derecha española y la derecha en general desaparecieron en 1789. Desde entonces, solo podemos hablar de una no-izquierda. Lo cual es aún más lamentable.












