La Patria portátil

A estas alturas a nadie le puede llamar la atención que todo el mundo, en todo el planeta, lleve encima un smartphone. Y que 9 de cada 10 personas con las que nos cruzamos por la calle lo estén usando en ese momento. Y peor aún, cuando vemos no a uno sino a muchos descerebrados usándolo en el coche, en marcha. Es así, es la realidad actual.

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Ya tampoco empieza a extrañar que todos los inmigrantes que desembarcan en nuestras costas lleven uno. Y si no lo llevan en ese momento, conseguirán uno u otro más adelante. ¿Y para qué lo usarán? Sobre todo, para contactar con su familia, con sus amigos, con su país. Y para ver la TV de su país, para escuchar su música, para leer sus noticias. También para rezar según su religión si por casualidad no hay todavía una franquicia de aquella en nuestro país.

Es lógico. Nosotros también lo haríamos. Por eso el discurso de la integración es tan ridículo actualmente. Tal vez hace 50 años o más, en España, si eras un extranjero de un país lejano, o bien te integrabas o bien te morías de asco. Yo recuerdo que, en mi ciudad, hace 40 años, la cual entonces contaba 30 mil habitantes, había la figura de “el negro del pueblo”, porque era uno. Y también recuerdo que era uno más.

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Si hubiera un inmigrante aislado en una ciudad actualmente, no tendría problema alguno en vivir “como si” estuviera en su lugar de origen (sus raíces) y con muy pocas ganas de integrarse (¿por qué debería hacerlo?). Entonces imaginen lo que sucede si son miles y millones: territorio ocupado por una cultura ajena (masividad y conectividad).

Hoy todo ha cambiado vertiginosamente. Si en el siglo XIX se empezaron a derribar las viejas murallas de las ciudades de Europa, que habían cumplido perfectamente con su función durante miles de años, para dejar paso a la cada vez mayor circulación de personas y mercancías como el paradigma del progreso y del triunfo del sistema capitalista, en este siglo XXI vemos cómo la ausencia de murallas y fronteras efectivas ha abierto el paso no a un mundo unificado, sino a un mundo fragmentado.

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Cada persona del planeta nace en un entorno determinado por su cultura, por su historia, está determinado por su clase social y su sexo… No son entes neutros que nacen vacíos de significado. Y ese significado, las personas que emigran, se lo llevan en el bolsillo cuando salen de su país, en el smartphone llevan su patria portátil, que nunca abandonan. Por eso no tienen ningún tipo de apego por el lugar al que se han desplazado, porque para ellos es como haber ido a un campo cualquiera a buscarse la vida, tras lo cual, simplemente regresarán algún día a su tierra o, simplemente, seguirán viviendo ahí como plantas de invernadero, ajenas al clima y al lugar al que fueron a parar por ventura.

El problema es que los millones de inmigrantes son un fenómeno masivo. No son unos elementos exóticos y simpáticos entre nosotros. Ocupan espacios, llevan su ropa, exhiben sus costumbres y si pueden las hacen ley, se escucha su idioma (y se lee). Por eso a nadie debe extrañar lo que ha sucedido en las últimas elecciones alemanas. Populistas de derecha y de izquierda son masivamente votados, a pesar de todo el tinglado mediático, de todo el dinero gastado y de todo el discurso de miedo contra el discurso de “odio”.

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Porque una Europa ocupada por millones de personas que jamás se van a integrar, ni ellos, ni sus hijos, ni sus nietos, ni sus bisnietos (vayan a los suburbios franceses y luego me cuentan), porque no se cambia de civilización como de camisa y más si la tienes a un clic de distancia, es el motivo de que haya una reacción, no de odio, sino de supervivencia.

Yo creo que se empieza a visualizar en la superficie la lenta cristalización de dos bandos en Europa. Soberanistas y globalistas. Cada uno tiene su propia derecha y su propia izquierda. Por eso ya empiezan a decaer las etiquetas históricas y por eso, ante la cada vez mayor gravedad de la situación, ser calificado como un “malvado” al final será el menor problema que uno pueda tener.

Por eso en caso de enfrentamiento o conflicto, siempre será mejor posicionarse con una izquierda soberanista o nacional antes que con una derecha globalista o liberal. Y viceversa. Ya se empieza a ver en algunas corrientes y discursos: contra los globalistas, sean del signo que sean. Porque eso es EXACTAMENTE lo que hacen ellos, la clase político-financiera-mediática global cuando animan a votar a otro partido, o demonizan, porque “hay que frenar a la ultraderecha...”, “rojipardos”, “cordón sanitario…”, blablablá. No hay que andarse con medias tintas. No hay un tercer camino.
Andar con la patria portátil por el mundo es legítimo, y natural, cuando una persona emigra. Amurallar la patria para no tener que abandonarla, también.