El Arte de la Guerra
En el imprescindible libro de un general chino de hace más de dos mil años, El arte de la guerra, ya en la primera página indica que “La guerra es asunto de importancia vital para el Estado; la provincia de la vida o de la muerte; el camino a la supervivencia o a la ruina. Es forzoso estudiarla a fondo”. Por lo tanto, quien ignora esos principios está abocado a la derrota y a la desaparición como actor político.
El hecho de que, desde Ucrania, hayan sido lanzados misiles de largo alcance contra el territorio ruso, con el permiso de Washington, al mismo tiempo que se vuelve a instalar en Europa la histeria por una posible guerra en nuestro territorio, nos informa sobre la necesidad que tiene Occidente de un conflicto global a gran escala. Las provocaciones nunca son gratuitas y siempre buscan una reacción para legitimar el proyecto que las actuales élites tienen entre manos: El Gran Reset.
Cada época tiene sus códigos, sus imágenes mentales. En esta era digital todo lo relacionado con la informática, el ciberespacio, las telecomunicaciones, etc., genera un imaginario que ve al mundo como una gran pantalla, controlada por un complejo sistema de interacciones entre diversos actores: países, multinacionales, culturas… a las que se añaden factores como el cambio climático, el machismo, las migraciones, escasez de recursos… llegando la complejidad de ese sistema a un punto de caos al cual se deberá frenar del único modo posible: apagar y volver a empezar. Con otro programa, otro sistema operativo. Mi argumentación anterior sería indescifrable para personas de otro siglo, pero fácilmente comprensible para nosotros.
Para que este Gran Reset sea factible, es necesario que sea total, que sea en todo el planeta. Ya en la emergencia por la COVID-19 de 2020 se visualizó que todavía le queda un largo camino por recorrer: demasiadas resistencias nacionales, personales y culturales. Por tanto, el periodo que hemos conocido desde el final de la llamada Guerra Fría (1947-1991) entre los dos grandes bloques, donde nunca hubo un enfrentamiento directo con multitud de guerras locales, por la posibilidad de la “destrucción mutua asegurada” por las armas nucleares, ya ha llegado a su fin. El periodo de la guerra psicológica, de la propaganda a gran escala y de otros métodos para evitar una Tercera Guerra Mundial, posiblemente se está viendo como algo que ya no sirve.
Occidente vive una gran crisis económica y moral. Es una gran maquinaria que cada vez es más complicado mantener a un ritmo adecuado. La solución más rápida pasaría, no por cambiar de modelo productivo y social como nos están vendiendo: la propaganda climática y ecológica solamente cierra fábricas en países sometidos como el nuestro, y se usa para recaudar todavía más dinero en impuestos que nadie sabe en qué benefician a la ecología. Los plásticos, la contaminación y el derroche nunca se han detenido realmente.
La solución más rápida es la guerra. Por eso se busca activamente: en Ucrania, en Oriente Próximo, en Taiwan, en el Sahel. Es una situación que más tarde o más temprano tendrá su “voladura del Maine”, su “Pearl Harbor”. Mediante gasoductos reventados, genocidios silenciados o misiles de largo alcance. O explosión planetaria o implosión occidental, pero está proyectado que algo debería suceder para salvaguardar ciertos intereses.













